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domingo, 25 de octubre de 2015

Una historia de vacíos


Me hice ilusiones.
No sé con qué, pero las hice a mi medida.
Debió de ser con materiales muy poco consistentes
 
Ángel González


El frío me trae a la memoria todas las cosas vacías y tristes del mundo: el olor de los aeropuertos, la luz insomne de los hospitales, la soledad de una piscina, un cielo gris enmohecido peinando los últimos acordes de la tarde. También me hace recordar todas las historias tristes que conozco. La que sigue no es exactamente triste; es, sobre todo, una historia de vacíos.

Érase una vez una noche de un otoño que se marchitaba. Diciembre inauguraba en Madrid la ansiada y efímera iluminación navideña, en un tiempo en que las estridencias de Agatha Ruiz de la Prada aún no habían colonizado la estructura metálica con forma de pino que cada año se coloca en la Puerta del Sol. A nuestra joven protagonista le seguía ilusionando contemplar la iluminación navideña, a pesar de haber dejado la infancia –y la adolescencia- bien atrás. Ese año, era doblemente ilusionante, porque se trataba de la primera vez que salía de su casa desde hacía un mes. Acababa de curarse de un virus pesado e incómodo, un virus que la había mantenido postrada en la cama y sin probar bocado. Por eso, aquella noche las luces navideñas se reflejaban en sus ojos con un brillo especial.

Para celebrar su restablecimiento, había aceptado el primer plan que se le presentó: ir a un pub con una colega –no llegaba a la categoría de amiga- y su pandilla. Cuando llegó allí, no conocía a la mitad de la gente: en parte, se sentía diminuta y vulnerable, extraña en aquel ambiente de música latina que no la incitaba a bailar. Se movía de forma mecánica y absurda, y el espejo de la pared le devolvía a veces un rostro pálido y ojeroso, unos labios cortados: huellas aún visibles de la reciente enfermedad. Pero, por otra parte, una ilusión inexplicable y revitalizante la invadía aquella noche: una ilusión que se parecía mucho a esa misma emoción injustificable ante el alumbrado navideño. Tal vez, simplemente se debiera al furor por volver a salir de casa, por sentirse recuperada.

No estaba especialmente guapa aquella noche. Pero uno de los amigos de su colega, uno que no había visto antes, le sonreía todo el tiempo. Él tampoco era especialmente guapo. Tenía un rostro característico, muy parecido al de un pastor alemán. Incluso en su mejilla poseía un lunar idéntico al que los pastores alemanes tienen al lado del hocico. Era delgado y ojeroso, como si estuviera enfermo de manera permanente, y sus labios resultaban demasiado finos y marcados. Pero tenía una mirada amable.

El Chico-Pastor alemán pasó gran parte de la noche hablando con nuestra protagonista. Cuando todos se despidieron, le pidió el número de teléfono. La historia comenzó así, de modo convencional y estereotipado: parecía difícil que de aquello pudiera surgir algo especial. Pero la muchacha se había empezado a ilusionar.

Todo prosiguió de la forma habitual: él le escribió un mensaje y, días más tarde, ambos se encontraron en la Puerta del Sol, junto a la estructura metálica con forma de pino. Aquella tarde, él la besó por primera vez, aunque resultó un beso tan anodino que ella ni siquiera podría recordar, años más tarde, en qué circunstancias se produjo. Solo sabía que nunca estuvo especialmente ansiosa por ese beso: tampoco estaba segura de que el Chico-Pastor alemán le gustara. Apenas lo conocía y tampoco se podría hablar de un flechazo. Pero el beso no le disgustó, y hacía unos meses había salido de una pseudo relación, la primera, que le había borrado de un plumazo todas sus fantasías salidas de los cuentos de hadas.

O al menos eso pensaba ella. En el fondo, su ingenuidad había recibido una puñalada, pero continuaba viva, resurgiendo ante la anodina historia que estaba comenzando. En su mente envenenada de cuentos, la idea de la hipotética llegada de un Príncipe Azul que la rescatara para siempre de aquella realidad invernal cobraba fuerza, revivía ante cualquier atisbo de ilusión. Era nuestra protagonista una muchacha enamoradiza, tendente a idealizar a las personas y a enamorarse no de las personas en sí, sino de su propia idealización proyectada.

Por eso, la tarde en la que el Chico-Pastor alemán la cogió de la mano y la invitó a cenar a un restaurante hindú, la joven comenzó a idealizar de forma más profunda. Jamás nadie la había cogido de la mano, ni siquiera en aquella relación por la que había pasado sin pena ni gloria, sin reconocer en el otro un mínimo aliento de romanticismo.



Empezó a quedar más a menudo con el Chico-Pastor alemán. Paseaban por el casco antiguo de Madrid bajo el frío de diciembre, se besaban, tomaban chocolate con churros y alguna vez fueron al cine. El alumbrado navideño era el telón de fondo de aquel comienzo que bien pudiera describirse como plácido. La conversación, sin embargo, continuaba siendo tan superficial como la que pudieran mantener unos perfectos desconocidos. Ella se dio cuenta de que él jamás expresaba sus sentimientos, y de que nunca le había dicho con palabras que le gustaba. Por eso, una noche, al salir del cine, después de que él la besara, ella se le quedó mirando y, con gran esfuerzo, consiguió articular la pregunta: “Oye, ¿yo te gusto?”. Él arqueó las cejas y sonrió, sorprendido: “Creía que era obvio”. Ella sonrió también y quiso abandonar su inquietud. Pero, en el fondo, esta continuaba palpitando en su corazón, que le susurraba que algo iba mal. Sin embargo, logró acallar aquellas voces y se abandonó, de nuevo, a la ilusión.

Diciembre fue avanzando y pronto dejó paso a enero. Se acercaba el momento favorito del año de la muchacha: la Noche de Reyes. Desde niña, tenía la costumbre de asistir a la cabalgata con sus padres y después ir a tomar un chocolate con churros al Café Comercial. Le habló al Chico-Pastor alemán de aquella tradición, tan especial para ella, y entonces ocurrió algo inesperado: él le propuso ir a ver juntos la cabalgata aquel año. Emocionada, ella aceptó.

La tarde del 5 de enero, vieron juntos la cabalgata. Se rieron, se besaron muchas veces y él le consiguió algunos caramelos de los que eran arrojados desde las carrozas. Después, caminaron de la mano hasta la Puerta del Sol, donde él había quedado con sus amigos, aquellos con los que estaban la noche en que se conocieron. Justo antes de encontrarse con ellos, soltó su mano, y la inquietud volvió a renacer en el pecho de la muchacha en forma de un mal augurio. Se encontraba en un extraño punto de partida: el mismo escenario, la misma gente, el mismo alumbrado navideño. Y la mirada de él, sin rastro de complicidad, como si continuaran siendo los mismos perfectos desconocidos del comienzo. Por las reacciones generales, se dio cuenta de que él no le había contado a ninguno de sus amigos nada acerca de ella. Se marchó a casa muy pronto.

Al día siguiente, le escribió un inocente mensaje: “¿Qué tal tus Reyes?”. Pero la respuesta no llegó de inmediato. Pasaban las horas y continuaba sin llegar, a pesar de que el mensaje aparecía marcado como “leído”. La joven volvió a la Puerta del Sol aquella noche, paseando sola y reflexionando acerca de los últimos acontecimientos vividos. Se dio cuenta de que aquella ausencia de respuesta ponía, de algún modo, un punto y final. Por alguna razón, no se sorprendió. Esa noche, se encendió el alumbrado navideño por última vez.

Días más tarde, unas sucintas palabras de él le confirmaron lo que ya sabía y se negaba a creer. Aquel comienzo de historia que duró lo mismo que el alumbrado navideño de Madrid le dejó un pequeño vacío en el alma, aunque comprendía que dicho vacío no se debía a que echara de menos al Chico-Pastor alemán. Realmente, a esas alturas todavía no estaba segura de que él le hubiera llegado a gustar. Más bien, se había dejado arrastrar por su perfecta idealización, por la inútil ambición de perseguir un cuento de hadas que el destino parecía negarle, una vez tras otra.

Esta historia, queridos lectores, no es una historia triste, sino una historia de vacíos, de sentimientos inexistentes, de besos huecos, de idealizaciones proyectadas y hojas marchitas que se dejan llevar por la ráfaga de viento más amable. No cobran importancia los personajes, sino el trasfondo escondido bajo los acontecimientos. Cuando pienso en esta historia, me domina un sentimiento de sinsentido cósmico, de ingenuidad apuñalada, de comprensión tardía. No puedo evitar preguntarme cuántas historias, más largas que el período del alumbrado navideño, se habrán construido sobre ese mismo vacío. Cuántos corazones no sentirán curiosidad por enamorarse, por sentir de un modo más agudo y profundo. En tales ocasiones, me invade una especie de pasión rebelde.


El frío me trae a la memoria todas las cosas vacías y tristes del mundo, y tengo que combatirlo con amor: ese sentimiento que rebosa en mi sangre y dentro de mi corazón.

lunes, 13 de octubre de 2014

Veinticinco


"Amanecer", Salvador Dalí


¿Cómo seré yo
cuando no sea yo? 
Ángel González


Dicen que siempre sale el sol, y es mejor pensar eso que centrarse en todas las estrellas que le faltan al hoy. En todas las palabras que esperamos y que finalmente, no llegan. En los rostros y las voces queridos que el tiempo o la propia vida nos ha arrebatado.

Tú vas a ensartar tu sol en una flecha y a lanzarlo muy alto, para que se vea obligado a salir. No hace frío en esta noche (dicen que tampoco lo hacía la tarde en que llegaste al mundo). No estás sola. Hay constelaciones antiguas, que llevas viendo desde el día en que naciste. Hay estrellas nuevas, de brillo azulado, cuyo calor dulcifica el otoño. Y hay otras veladas por las nubes, pero que no se han movido de su sitio, y que regresarán cuando se apague la tormenta.


Y también estás tú. No vas a poder ser una niña ya más y no vas a dejar de serlo. Seguirás tratando de brillar, soñando. Igual que en los días verdes con destellos de sol, los días de antaño.

viernes, 16 de mayo de 2014

Sueños en la Ciudad sin Nombre

"Girl at Piano", Roy Lichtenstein

Sé que no hay esperanza, 
pero te dije:                    
                        espera, 
con el único fin 
de envenenar la vida 
con la letal ponzoña de los sueños.  
Ángel González



Una niebla extraña rodeaba mis sentidos y anestesiaba mi capacidad de reflexión cuando pensaba en mi posible reencuentro con el Trapecista. Su muerte, su posterior resurrección junto a una guitarra eléctrica, aquel tren en aquella estación de la ciudad sin nombre en el que nos desvanecíamos…

“Voy a viajar a tu ciudad. Me gustaría verte”.

Me deleitaba releyendo su mensaje una y otra vez mientras cerraba los ojos e imaginaba el ámbar dulce de su mirada, las ondas suaves, como de espuma oscura, de su cabello, aquella voz melódica y encendida que, cuatro años después de su imposible muerte, continuaba resonando en mi cabeza igual que el rumor constante de las olas en una playa abandonada por la civilización. La posibilidad de volver a verlo aparecía barnizada de irrealidad, a pesar de aquel mensaje evidente, directo, preciso. Algo incorpóreo me gritaba que, en esta ocasión, nada sería distinto: una fuerza invisible haría que, en el momento de nuestro reencuentro, él o yo desapareciéramos de nuevo.

A medida que el día de su regreso se acercaba –un día sin tiempo, sin nombre, igual que la ciudad-, yo esperaba con ansiedad creciente un nuevo mensaje del Trapecista en el que concretara las condiciones de nuestro encuentro. Pero el día transcurrió y aquel mensaje no se produjo.

Por la noche, la melancolía me asfixiaba. Si el Trapecista había tardado cuatro años en viajar a mi ciudad, quién sabe cuánto tiempo tardaría en regresar a ella. Finalmente, a pesar de aquel mensaje, no había hecho siquiera el intento de verme. La terrible verdad me retaba a mirarla, desafiante, y, cuando lo hice, leí en su rostro que jamás volvería a ver al Trapecista, que aquella antigua despedida en Venecia fue, en efecto, el final de un cuento inconcluso.

Pero entonces, alguien me dio un paquete que el Trapecista, antes de marcharse de mi país, había dejado para mí. Mi corazón volvía a palpitar y mis pulmones respiraban, de repente, un aire nuevo, condimentado de ilusiones. El paquete escondía un álbum, lleno de fotografías suyas y mías, fotografías que narraban nuestras respectivas historias. Al final, había una carta escrita de su puño y letra, que leí solo por encima para poder hacerlo después, con más calma, paladeando cada frase y cada palabra como bocanadas de oxígeno asaeteado de lunas. Un extracto que alcancé a leer se me quedó engarzado en el corazón:

“No he podido olvidarte en estos años. Aunque hoy no nos hayamos visto, quiero que las cosas sean distintas a partir de ahora. Te escribiré, todos los días, si es necesario; creo que eres uno de los dos grandes amores de mi vida”.

Parecía imposible que aquel mensaje perteneciera al Trapecista. La felicidad que súbitamente me embargaba disfrazaba diminutos gramos de inquietud que, lenta pero efectivamente, fueron creciendo en mi conciencia. Entonces lo comprendí…

Supe que aquel álbum no era real. Supe que despertaría sin él, que descubriría que el Trapecista jamás había intentado ponerse en contacto conmigo. Como si mi pensamiento fuera una maldición, me bastaron unos segundos para despertarme en la estación de la Ciudad sin Nombre. A mi alrededor, trenes que no paraban y la ausencia densa, aguda, del Trapecista. El álbum había desaparecido.

Me senté en el suelo de la estación, rodeada de nadies. En un cuaderno escapado de ningún sitio, escribí unas palabras cuyo destinatario nunca leería:

“Tengo que soñar que te sueño y ni siquiera así consigo volver a mirar tus ojos”.


No me sorprendió que la estación fuera desvaneciéndose progresivamente. Era irreal, tanto como el álbum, como mi cuaderno improvisado, como la muerte del Trapecista. Como… ¿yo? Algo incorpóreo dentro de mí me gritaba que, al cabo de unos segundos, volvería a despertarme. 

miércoles, 30 de abril de 2014

Retornos a la Ciudad sin Nombre

"Evening Train To Hawthorn", Tom Roberts


allí,
en la esquina más  negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Ángel González



Cuatro años más tarde, desperté dentro de aquel tren, por lo que deduje que, finalmente, había acabado subiendo. No recordaba ya al inalcanzable Lorenzo, pero sí a ese espectro de sueño irreal, perfecto, que había esperado tantas veces en la estación de la Ciudad sin Nombre. El Trapecista.

La última vez que estuvo frente a mí, íbamos a subir juntos al tren, pero su figura se desvaneció y yo terminé despertando. Esperé tantas veces después, en aquella estación. No recuerdo si él había muerto, pero sí estaba segura de que, en su mundo, yo no existía. De ahí su perfecta irrealidad, tan exquisita, por otro lado.

Esperé tantas veces en aquella estación. Cuando la realidad me daba la espalda y necesitaba una historia en la que descargar el torrente de sentimientos que me atenazaba las entrañas. Esperé… Algunos días, dormida; otros, escapando de mi despertar. Me atrevía a soñar con una continuación para aquel final perfecto, redondo, dramático, a la altura de la despedida de Rick e Ilsa en Casablanca. No he regresado a Venecia porque no quiero hacerlo sola, porque conservo aquella despedida en la Piazza San Marco y la esperanza  de que la canción de Aznavour no se cumplirá…

El Trapecista estaba a mi lado, en aquel vagón, sonriéndome con su mirada dulce y ambarina, cuajada de picardía infantil, rematada ésta por las cejas finas, expresivas. El cabello, negro azabache, le había vuelto a crecer y se lo sujetaba tras las orejas. Algunos mechones rebeldes resbalaban por su rostro como espuma oscura, poniendo un broche a su espontánea belleza. La misma camiseta que recordaba y la voz cálida que me llamaba por mi nombre. Una parada y aquel ofrecimiento de pasear juntos antes de regresar al tren. Su mano en la mía, con tanta naturalidad, como si fuera lo esperado después de cuatro años. Al fin era real. Apretaba su mano y no se desvanecía. El paisaje a nuestro alrededor carecía de importancia, porque caminábamos por un camino, por la hierba, sobre una nube… Qué más da.

Hablábamos. El tema de conversación importa ahora tan poco como el nombre de la ciudad sin nombre. Pero él hablaba en mi idioma, por primera vez, y su tacto era suave, y los destellos irisados de sus pupilas me otorgaban una confianza ciega en el presente.

-Como no regresemos, se va a marchar el tren sin nosotros –dije.
-A mí, si me despistas un poco, no me importa demasiado que se marche…

Dicho esto, me besó. Sus labios, su aliento, abrazaron mis cinco sentidos como un humo dulce y anestesiante. Cuando nos separamos y lo miré de nuevo, un escalofrío de inquietud comenzó a recorrer mi espina dorsal. Aparentemente, todo iba bien, pero la intuición me gritaba que algo estaba mal allí. Comenzamos a caminar hacia la estación; él todavía sujetaba mi mano. Sin embargo, ya no sonreía ni me miraba al hablar; pronunciaba las palabras atropelladamente, acelerado en su extraño caminar. Su voz también había cambiado: se había vuelto más aguda, menos melódica…

Entonces, me di cuenta de que no era ya el Trapecista quien estaba a mi lado, sino aquel amor constante y desesperanzado que atenazó mi adolescencia: el Campesino. Hace tiempo, me hubiera hecho muy feliz contemplarlo allí, caminando junto a mí mientras hablaba de algo irrelevante. Pero en ese momento, todo lo que pude sentir fue rabia y desesperación por la repentina ausencia de la mirada ambarina del Trapecista. Cerré los ojos y deseé que, al abrirlos, todo volviera a ser perfecto.


Pero en la Ciudad sin Nombre, el tiempo no es más que una palabra hueca.