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miércoles, 6 de abril de 2016

Muletas

Los amantes, René Magritte

En medio de la multitud lo vi pasar,
con sus ojos tan rubios como la cabellera.
 
Luis Cernuda

Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. Me apresuraba con sigilo en la oscuridad, entre luces gastadas de farolas y anuncios de neón desteñido, abandonados en calles que tal vez tuvieran vida por las mañanas. No entonces; no en aquella noche. El Asesino de Almas merodeaba por esas calles, tal vez más cerca de de lo que podría imaginar. Tenía que escapar de allí como fuera. Contarle al mundo que la muleta misteriosa de la antigua pesadilla, aquella que sujetaba una mano amputada, había aparecido por primera vez en un cuadro de Salvador Dalí. Quizás el Asesino de Almas ya estuviera allí cuando Dalí pintó aquel cuadro, o la noche en la que mi Trapecista sufrió un accidente mortal. Quizás el Asesino de Almas fuera en verdad la Mano, la Mano que sujetaba una muleta y que daba vueltas alrededor de una camilla en la que reposaba el cuerpo de mi idealizado Trapecista. En esa noche.

Corrí por las calles ciegas, henchidas de oscuridad. A mi paso las estrellas se iban encendiendo, como si algún destino todavía esperara por mí. Procuraba no mirar atrás y acelerar el paso, cada vez más, y entonces…

Entonces la luz de las farolas sobre aquella amplia avenida. Las gentes, el verano. La noche de verano. Esperaba que nadie tomara aquel camino por el que yo acababa de llegar. El Asesino de Almas aún se escondía en aquel camino. Iba a entrar en una cafetería cuando me crucé con un joven que me resultaba muy familiar, aunque no podía averiguar por qué. Algo en su cabello rubio, despeinado, o en aquella mirada dulce que no me dedicaba, le otorgaba un tinte místico, casi angelical. Busqué en mi memoria desesperadamente, sin hallar el origen de la sensación que me invadía.

El joven salía de la cafetería y estaba poniéndose una chaqueta vaquera para hacer frente a la ligera brisa nocturna. Lo vi caminar en la misma dirección por la que yo había llegado, y una alarma se encendió en mi interior. Tenía que avisarle.

Me aproximé hacia él. “No vayas por ese camino: el Asesino de Almas aguarda en la oscuridad…”. El joven se fijó en mí por vez primera; parecía sorprendido. Esperaba que se riera o que me respondiera con despecho. En vez de eso, me cogió de la mano y me guió de nuevo hacia la cafetería. Entramos.

El lugar se hallaba completamente vacío y estaba decorado como si perteneciera a una época remota. Mi acompañante se detuvo para mirarme, todavía con la sorpresa pintada en sus bonitas facciones. Comprendí que él también me reconocía de algún modo. “Eres tú”, me dijo. Y acto seguido, me besó. Fue un beso muy familiar, un beso que ya había experimentado antes. Supe que conocía a aquel joven, que una relación muy profunda nos había unido alguna vez. Sus ojos me decían que él también era consciente. Sin saber por qué, comprendimos que no queríamos volver a separarnos.

De repente, la puerta de la cafetería se abrió de golpe y un hombre con un fusil entró por ella, apuntándonos. “¡No podéis estar juntos!”, gritó: “¡Pertenecéis a épocas distintas!”. Mi amor me miró con desesperación, y se volvió hacia el hombre: “Pero, ¡padre! Yo la quiero… Nos hemos querido siempre, incluso cuando éramos otras personas”. El padre continuaba apuntándonos con el fusil, y espetó: “Ella pertenece al pasado. ¡Tú no has nacido aún!”. Tras estas palabras, se dirigió hacia mí: “¡Vete ahora mismo o lo mataré!”.

Un miedo atroz comenzó a invadirme. Mi amor me suplicaba con la mirada que no lo hiciera, que no me fuera. Pero yo quería salvar su vida. Me separé de sus brazos y la noche de repente parecía helada. Miré por última vez su nariz elegante, sus rizos rubios derramados sobre la frente. Su mirada de miel. Y eché a correr.

Salí de la cafetería. Y seguí corriendo y corriendo, sin mirar atrás. La noche de verano, el verano, las gentes, la luz de las farolas sobre aquella amplia avenida, los labios de los transeúntes ignorando que las primeras muletas aparecieron en un cuadro de Dalí… Entonces… Entonces, las calles ciegas, henchidas de oscuridad. Y la amenaza del Asesino de Almas, quizá más cerca de lo que podría imaginar.

martes, 29 de marzo de 2016

Cerrar los ojos



"Pero terminó la niñez y caí en el mundo."
Luis Cernuda


La otra noche soñé con Benito, el canario de mis abuelos. Estaba en su vieja jaula de entonces, aquella verde y amarilla con forma de casita. En el sueño, Benito era amarillo, mucho más amarillo que en la realidad, si lo comparo con las fotos de esa época. Era de un amarillo que casi se confundía con el blanco, como la falda de Blancanieves en la película de Disney. Supongo que, en los sueños, todo se vuelve más etéreo: todo tiende más al blanco o al negro. Luz u oscuridad. Fantasmas o fantasmas, y no es lo mismo.

Era Benito y estaba en su jaula, pero terriblemente inmóvil. Su cuerpo diminuto sobresalía de un montón de tierra que casi llegaba al techo de la jaula. Mi madre la había sacado de uno de los armarios que hay en la casa del pueblo y todos sabíamos que estaba muerto desde hacía muchos años, por lo que se hallaba en un estado de disección. Yo acariciaba mecánicamente su cabecita, mientras me miraban sin verme sus ojillos negros. Al poco tiempo, mi madre volvió a enterrarlo bajo el montón de tierra de la jaula, tal vez para preservarlo del paso del tiempo.

He vuelto a recordar, por todo esto, los tiempos en los que Benito cantaba desde su jaula y yo me dedicaba a imitar su canto. Lo tenía muy perfeccionado. Benito fue bautizado con ese nombre como homenaje a un pato que se llamaba así, que tuvieron mi madre y mi tío cuando todavía vivían en el pueblo. Después de trasladarse a Madrid fue cuando el canario Benito apareció en sus vidas. Pasó muchos años cantando y dando saltitos en su minúsculo mundo enrejado.

Un día Benito dejó de cantar y empezó a acurrucarse en las esquinas de la jaula. Erizaba las plumas y parecía como si hubiera engordado mucho de repente. Mi abuelo levantaba la falda del brasero y colocaba la jaula cerca, para que el calor alcanzara al pajarillo. Murió al poco tiempo, y así conocí la muerte, de aquella forma tan ingenua y tan sutil.

Habiendo traspasado ya el umbral de la adolescencia, bauticé a un conejo con el nombre de Benito. Murió dos años después, tras comerse una planta venenosa.

Benito el pato, aquel primer Benito, no llegó a morir. Voló un día, después de que sus dueños se hubieran marchado del pueblo y lo hubiesen dejado con un amigo. Voló y nadie volvió a verlo jamás. Me cuentan que era un ánade real, un macho de cabeza verde y cuello anillado, que seguía mansamente a sus dueños, como si fuera un perro. Voló llevándose su secreto. Y su nombre habitó el alma de aquel canario que puebla los recuerdos de mi infancia, de ese conejito a quien –para su desgracia- enseñé a abrir la puerta de la jaula, tentándole con una zanahoria. La abrió por última vez una tarde en que nos marchamos al cine.


Pero Benito, aquel primer Benito, permanecerá para siempre en su leyenda azul de inmortalidad. Porque nadie lo vio cerrar los ojos. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Fénix


Tormento, tormento... Le gusta quizá demasiado esa palabra. Se complace quizá en su propio tormento, le acaricia y le da vueltas en la luz para ver cómo la ensombrece...
Luis Cernuda,  Comedia inacabada y sin título

Y si no pasa nada en el día a día, tienes que inventarlo: construir una idealización sencilla, a la que acogerte cuando esa nada amenaza con devorarte, y cerrar los ojos para que la ilusión no se desvanezca, mientras acecha la aplastante conciencia de que aquello no es más que una idealización a la que tu alma hambrienta de tragedia y de lírica te ha conducido. En el límite emocional es donde empiezas a sentirte viva, donde escuchas los latidos de poesía que se habían desvanecido con el invierno, y tu corazón vuelve a bombear versos y la acuciante necesidad de escribir va invadiendo lentamente tu sangre, tu aliento, tu cordura.

Es en el límite donde te sientes viva. Es la antigua adicción al tormento.

Tormento. Y vuelves a vivir y a despertarte terremotos en los labios, a sonreír sin motivo aparente, a dejarte sacudir por la ansiedad de una acción diminuta que te obsesiona y que te tortura, arrastrándote por los mares infinitos de tu propia inseguridad.

Cómo has podido permanecer tanto tiempo lejos del límite.

Pero eso se llama jugar con fuego; podríamos definirlo como un “suicidio sentimental”, y ahora estás en el borde del precipicio y la más leve brisa podría desestabilizarte, derrumbarte.

Y si resulta que no es brisa, sino ventisca, como ésta, como el frío que de pronto te atraviesa y pone tu mundo patas arriba, y podrías sonreír con resignación, pero no lo haces, no lo haces: te hundes, te exilias hasta el último subsuelo, sientes cómo la vida te abandona por momentos y eres consciente de que tienes en parte la culpa, por haberte dejado llevar, de nuevo, por esa atracción hacia el abismo que precisas para sentirte viva. Ese suicidio sentimental que consiste en construir deseos imposibles, ambiciones lejanas como nubes; quizá por seguir, siempre por seguir, por aferrarte a una ilusión que acabará contigo misma, pero que a la vez es fuente de tu fortaleza: es el motivo de que todavía existas con esa razón de ser que ata tu alma a la poesía.

Y cuando crees que toda la luz te ha abandonado, de repente los ves a Ellos, siempre Ellos: tomándote en sus brazos, enjugando tus lágrimas, devolviéndote a tus días de niña, cuando nada era tan complicado, cuando encontrabas el tormento necesario en un día nublado, en una muñeca que te sonreía, altanera, desde el otro lado del escaparate; en una derrota en el parchís; en el progresivo desvanecimiento del carrusel de las ferias, tras aquellos escasos cinco minutos de rigor en los que eras una princesa a lomos de su corcel y el universo giraba a tu alrededor y Ellos agitaban el brazo desde la orilla de lo terrenal.

Ellos, los responsables de que jamás te hayas dejado absorber del todo por el abismo, de que el límite haya sido siempre el límite y no el final. Ellos, la única seguridad en este mundo de sombras incompletas, de disfraces. Y te dicen que eres como el ave fénix, que renaces de tus cenizas después de haberte incendiado, de haber descendido hacia la nada más terrible y más devastadora. Puedes arder y después recomponerte con acordes nuevos de vida, y eso que eres agua, eres agua porque puedes pasar por todos los estados emocionales en solo unas horas, cambiar y conservar tu remota esencia. Sí, eres agua. Y eres fénix.

Dramática. Siempre lo has sido. Pero lo consideras un adjetivo demasiado simple para expresar todo lo que tratas de expresar. Tus muertes sucesivas, tus renacimientos. Como gatos concatenados, infinitos, que siempre acaban cayendo de pie.



domingo, 28 de febrero de 2016

Soliloquio

El vestido de noche, René Magritte

Cómo llenarte, soledad, sino contigo misma. 
Luis Cernuda

Me falta tiempo para soñar, que no sueños. El frío se enzarza con la noche y se cuela por una rendija del corazón, aquella que olvidé cerrar. El resultado es esta tristeza que me muerde y que mancha mi habitación azul, y abandono la tentativa de escapar de ella y la saboreo, paladeándola y deleitándome con la sal de su velo escarchado. Ahora soy yo quien muerde a la tristeza.

La soledad es una. Gira y se eleva sobre las farolas, que tejen un mecanismo de ciencia-ficción, lejano y titilante, habitante de un mundo que es como un cuento que miro; como una película que leo, que desato, que conquisto. Esta soy yo frente a la noche. Nada más.

La noche poco a poco toma la forma de un soliloquio. Todos fingen escucharme, pero ya imaginaba que, en realidad, el universo es sordo, ciego, enquistado en su entrañable egoísmo: ese sentimiento que nos humaniza y que a la vez nos convierte en espejos helados. Las personas se pierden al poniente y se desatan la cabellera al amanecer. De noche todas las manos son obscenas y las palabras huecas: todos los ojos son arrancados de sus órbitas. Nadie tiene que fingir mirarme ni rodearme de universos cada vez que vuelva a llorar con mis pupilas rotas de niña pequeña olvidada.


No existe nadie, en realidad. En el epílogo de la madrugada, desenrollo la madeja de mis sueños y me inyecto una dosis de quimeras para continuar viviendo. Mañana me reiré y tal vez pasado regresaré plenamente al camino de baldosas amarillas que hoy estoy abandonando por debilitamiento de inocencia. Al final, las lágrimas son las únicas responsables de mi irresponsable retorno al País de las Maravillas.   

sábado, 25 de julio de 2015

Si tú me dices ven


Como un ave olvidada de la rama nativa
A un tiempo poseíste muerte y vida,
Sin haber muerto, sin haber vivido. 
Luis Cernuda


Tenía nombre de bolero y sonrisa de galán de película de serie B. Se escondía tras el acordeón más triste de todos los tangos que venían a mi imaginación y a la vez formaba parte de una suerte de distopía inaccesible para los soñadores caducos como yo. Lo miraba caminando por oficinas blancas como amaneceres inciertos, siempre rodeado de gente, sin detenerse. No; no  lo miraba. Lo asesinaba en versos.


¿Cuántos años han pasado? Hoy las oficinas se derraman por mis mejillas como lágrimas de ciencia-ficción, imposibles y perfectas, crueles. Hoy, los protagonistas de todos los cuentos inacabados se levantan contra su autor, con las manos cubiertas de sangre. Los cientos de futuros abandonados en hojas amarillas se amontonan, uno sobre el otro, revelándome que, en realidad, no fui yo la asesina. No hay final: jamás hubo final. Ahora, puedo escribir historias nuevas, modelar personajes con los dientes azules y los ojos como luces de neón. Pero él permanece vivo detrás de todos los boleros y yo sigo esperando, esperando para continuar esa letra que sigue siendo cierta, esa letra que comienza: “Si tú me dices ven…”. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Derecho al naufragio

"Nimbus", Berndnaut


Estoy cansado del estar cansado.
(Luis Cernuda)
.

De nada sirve llorar, y jamás tus motivos serán lo suficientemente justificables para hacerlo. Pero a veces cuesta ignorar que el viento es muy alto y que la barca donde bogan tus sueños está construida con materiales demasiado frágiles, demasiado vulnerables ante la feroz melancolía.

Y te cansas de estar cansada, como el poeta. En esos instantes, el látigo de la realidad se agita, impasible, sobre todos los azules del mundo, que tienen una triste y perversa tendencia a desvanecerse. Sin embargo, la oscuridad nunca se marcha. Los colores sombríos solo son eclipsados momentáneamente por la luz, pero siempre perviven de manera latente. Las nubes los atraen. A veces, no son necesarios motivos concretos para que la barca comience a zozobrar. Para que las fuerzas te abandonen y sueltes el cabo que hasta entonces habías sujetado con la ilusión de que un día el viento dejara de perseguir tu frágil embarcación. Y ya dijo Ángel González que las ilusiones están hechas con materiales muy poco consistentes.

Es el precio de la utopía, la otra cara del idealismo. No tienes derecho a la tristeza: posees tantas razones por las que sentirte dichosa… Pero a veces. A veces. Esas veces en las que sientes que tu sombra podría envolver a cualquiera que te mirase a los ojos, arrastrándolo a tu naufragio.


No; no tienes derecho a la desesperanza. Pero lo bueno de ésta es que siempre se acaban marchando las nubes y entonces descubres que las personas tenemos algo de aves fénix y de repente eres consciente de que, en realidad, no llegaste a soltar del todo el cabo que mantenía atado tu sueño. Y te repites aquellas palabras que dijo Escarlata O’Hara después de que su mundo se desmoronase: “Mañana será otro día”.

lunes, 18 de mayo de 2015

Las heridas del sol

"Boulevard Montmartre la nuit", Camille Pissarro

La noche, la noche deslumbrante
que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
aguardando, quién sabe,
como yo, como todos. 
Luis Cernuda

.
La noche. La noche con su interminable desfile de recuerdos enquistados caminando sobre el telón de fondo del verano madrileño. Escuchas el sonido de una ambulancia y eso te hace estremecerte, aunque la temperatura de tu habitación debe de ser cercana a los treinta grados.

A veces solo necesitamos unas palabras, una pasión desmedida, una estrella en combustión. Alguien que rompa la tristeza en mil pedazos, que ascenderán como polvo estelar al firmamento de las cosas que no son. Necesitamos saber que hay algo más, un algo incorruptible y preciso que nos envuelva. Pero el teléfono permanece dormido y la noche prosigue con su desfile suave, inacabable.

Mañana el sol tendrá una herida nueva y nadie se percatará de ello. Quisieras que supiesen leerte entre líneas cuando la frustración te lleva a decir lo que en verdad no deseas para no alterar el guión que imaginariamente has trazado en tu pensamiento, sin comprender que eres la única directora de esta película y que los argumentos se van modificando a medida que se escriben. Y las conversaciones perdidas vomitan las palabras nunca dichas, que se van a morir, como polvo estelar, al cielo de las cosas que no fueron. No, no es el amor quien muere...


miércoles, 8 de abril de 2015

El paraguas


Es un cuerpo vacío;
Vacío como pampa, como mar, como viento,
Desiertos tan amargos bajo un cielo implacable.
 
Luis Cernuda


Hay veces en las que nos asaltan intuiciones inexplicables que, sin embargo, siempre resultan acertadas. A menudo, el mero planteamiento parece un absurdo, pero existe un entramado más profundo y complejo, latente, palpitando bajo la corteza de lo anecdótico. Algo así tuve ocasión de experimentar hace unos días, y todavía no consigo vislumbrar el proceso lógico que se oculta tras estos hechos.

Era una tarde gris perdida en una ciudad aún más gris. Alisa, concentrada y taciturna, me guiaba por las calles mojadas de lluvia, hasta que entramos en unos grandes almacenes asiáticos.  Mi amiga tenía un ataque de gula feroz y comenzó a arramplar con todas las golosinas que se cruzaban a su paso, incitándome para que yo hiciera lo mismo y así pudiéramos degustarlas juntas más tarde, viendo una película en su casa. Mi presupuesto era limitado y no conseguía decidirme entre una bolsa de patatas o una de caramelos y demás chucherías. ¿Chocolatinas? ¿Helado? Entonces lo vi.

Estaba plegado sobre un mostrador, reluciente y anhelante, de un rosa chicle endemoniadamente perfecto, con caras de Hello Kitty dibujadas sobre la tela. Un paraguas. Un paraguas ideal, según podía apreciar. Hacía ya muchos meses que había perdido mi último paraguas, que me había acompañado durante doce años desde que una compañera de clase me lo regalara en mi duodécimo cumpleaños. Era verde y su destino final había sido una cafetería donde me lo dejé olvidado, confirmando mi despiste crónico. La larga convivencia con aquel paraguas verde resultó casi perfecta. Y digo “casi” porque le fallaba el color. Era un verde chillón, liso, demasiado simple. Desde siempre, he sido muy perfeccionista en cuestión de paraguas. Jamás me sentí totalmente satisfecha con el verde, así que intenté sustituirlo en alguna ocasión, pero nunca resultó. Todavía recuerdo aquel paraguas rojo, tan bonito, que me arrancó el viento una tarde paseando por la Gran Vía, con tan mala suerte que un coche lo atropelló…

Pero no nos desviemos de la historia. El caso es que, como he dicho, soy muy perfeccionista en cuestión de paraguas y, desde que perdiera el último, no he encontrado todavía uno que me satisfaga por completo hasta el punto de decidirme a comprarlo, y sobrevivo con paraguas peregrinos, pasajeros, que me llenan de desazón, porque siempre fallan en algún punto que considero crucial, como el color, el estampado o el hecho de no tener un sistema de apertura automático –el famoso botoncito, gracias al cual una no se pilla los dedos-. Por eso, cuando vi aquel paraguas rosa, con caras de Hello Kitty y apertura automática, experimenté una creciente euforia que poco a poco me envolvía. Mi corazón me gritaba que aquel era el Paraguas. Sin embargo -y aquí entramos en el terreno inconcreto e inexplicable de las intuiciones que señalaba al comienzo de este relato- otro sentimiento, más sombrío y profundo, me ponía en alerta, como si en aquel objeto existiera también algo siniestro.

Ignorando la intuición, decidí gastarme todo el dinero que llevaba en el paraguas rosa, abandonando de paso el plan de golosinas y películas que me ofrecía Alisa. Realmente, necesitaba ese paraguas: poseerlo se había convertido, en cuestión de minutos, en una auténtica obsesión. En cuanto fue mío, regresé a casa, guiada por una fuerza inexplicable.

Lo primero que hice fue enseñárselo a mi madre, muy orgullosa de mi nueva adquisición. Ella, sin embargo, lo abrió y cerró varias veces y, de repente, hizo algo que no me esperaba: le retiró una capa de tela, descubriendo que aquel rosa con caras de Hello Kitty no era más que una funda. El verdadero color del paraguas era un tono violáceo, liso, sin rastro de estampado ni de detalle alguno. Mi madre lo abrió de nuevo y me dijo, con su habitual sinceridad:

-¿De verdad te has gastado todo ese dinero en esto? No me gusta nada.

Guardé silencio, porque empezaba a darme cuenta de que a mí tampoco me gustaba. ¿Por qué lo habría comprado? Lo cierto es que el nuevo color me resultaba horrible, y me podría haber dado cuenta del detalle de la funda. Además, continuaba teniendo aquella extraña sensación de alerta.

 Abandoné el paraguas en la cocina. A la mañana siguiente, lucía un sol magnífico y no necesité llevarlo conmigo al trabajo. De regreso a casa, la cocina estaba iluminada por la luz de la tarde y el paraguas morado permanecía abierto sobre la mesa. Junto a él, mi madre caminaba de un lado a otro. Llevaba puesto un vestido blanco y había en su figura algo etéreo e irreal. No le distinguí el rostro en ningún momento. Una punzada de miedo golpeó mi corazón, y atravesé rápidamente el pasillo, llamando a voces a mi madre. Salió de su dormitorio, con pantalones vaqueros y una chaqueta negra.

-¿Se puede saber qué pasa, hija?

La arrastré hasta mi habitación, mirándola con terror.

-Mamá, hace dos minutos estabas en la cocina con un vestido blanco que nunca te he visto.
-Qué va, ¡pero si no he pisado la cocina desde hace una hora!

Su confesión se vio interrumpida por unos fuertes ruidos provenientes del pasillo. Me quedé en tensión, notando retumbarme el corazón en las paredes del pecho. Cuando volví a mirar a mi madre, se había convertido en gato, pero eso, por algún motivo, no me extrañó. De repente, por la puerta de mi habitación vi pasar a mi madre, a mi falsa madre, con aquel vestido blanco y portando entre sus manos el paraguas. Miré a mi verdadera madre-gata, y ella abrió mucho los ojos, indicándome que también la había visto y que se encontraba tan aterrorizada como yo.

Cogiendo entre los brazos a mi madre-gata, crucé el pasillo y llegué hasta la puerta principal. Iba a abrirla para escapar cuando, de improviso, salió mi padre del salón y nos miró, de hito en hito. Por el pasillo ya avanzaba aquella sombra blanca que se parecía a mi madre.

-Papá, este gato es mamá, y ella, ella…


Se me quebraba la voz. La notaba pastosa y pesada, como una rueda de carro encallada en el barro. Me había quedado paralizada: no conseguía hablar ni moverme. Mi padre y mi falsa madre también se habían detenido. Y yo sabía que todo, todo aquello estaba ocurriendo por culpa del paraguas y por mi terrible decisión de no hacer caso a las intuiciones…

domingo, 4 de enero de 2015

Antes de la Ciudad Sin Nombre


René Magritte, "The Victory"

Sombras frágiles, blancas, dormidas en la playa. 
Luis Cernuda

.
Un día, escribió todas las letras del alfabeto en una hoja de papel y jugó con ellas hasta desbaratarlas, otorgándoles un sentido preciso que, años más tarde, nadie recordaría.

Así nació Ánesthelv.

Ánesthelv era una tierra sin entrada ni salida donde habitaban los imposibles. Bastaba cerrar los ojos para vislumbrarla. Ánesthelv iba a ser el comienzo de una novela y acabó siendo un nombre incomprensible para todos aquellos ajenos a su fundadora.

Olía a rosa, a azul, a ninfas misteriosas arrastrando sus níveas vestimentas por playas efervescentes. Sabía a silencio y ojos grises. Era portadora de cielos blancos que anunciaban tempestades constantes y sirenas a las que nadie se había atrevido, aún, a vendar los ojos.

Ánesthelv era el país de los amores inevitables, que son los no correspondidos. Llovían lágrimas en sus fronteras y los unicornios salían a pasear en cada amanecer. Por la noche, las estrellas dibujaban un broche de plata al firmamento.

Escapó un día de Ánesthelv para marcharse a la Ciudad Sin Nombre, con su estación de trenes eterna y su gris anónimo y el fantasma de un romance incompleto anidando sus rincones. Cuando comprendió que aquellos trenes nunca conseguían salir de la Ciudad Sin Nombre, que los viajes eran utopías y al final siempre despertaba antes de marcharse el tren, deseó con todas sus fuerzas regresar a Ánesthelv y ni siquiera fue capaz de recordar cómo había llegado a la estación.

Pasaron varios años hasta que, al fin, uno de los trenes la llevó a otra ciudad distinta de la Ciudad Sin Nombre. Pero aquella ciudad no era Ánesthelv.

Ya no sabía si deseaba regresar. La nueva ciudad era soleada y el amor se hacía realidad en cada bocanada de viento. Recordaba Ánesthelv como un cúmulo de soledades engarzadas espolvoreadas de blanco y plata.

No estaba segura de querer regresar. Pero sí se había empeñado en descubrir el modo de hacerlo, para decidir, una vez lo supiera, no atravesar sus puertas.


Sin embargo, ya no recordaba el sentido de Ánesthelv. Resolvió escribir todas las letras del alfabeto en una hoja de papel y desbaratarlas, viajando de improviso al rincón más remoto de su conciencia. 
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lunes, 24 de noviembre de 2014

Noviembre


"El cheque en blanco", René Magritte


Como todo aquello que de cerca o de lejos
Me roza, me besa, me hiere
 
Luis Cernuda


Mañana se habrá detenido el tiempo y tus manos vagarán por el gris desvaído de los aires bajo una sinfonía de domingo en la que los mundos más lejanos serán las hojas amarillas del fresno que siempre me contempla tras el cristal. Hay una extraña melancolía lírica en el modo que tiene de mirarme o de gritarme su indiferencia muda. Las soledades se agolpan y juegan y levantan las nubes en torbellinos de silencio y te siento tan presente que una sola palabra bastaría para asesinar la realidad, para partir en dos mitades los relojes que dejaron de latir cuando tú los manchaste de luz.

¿A qué extraño universo sin sombra pertenece la soledad? ¿Cuál es el camino que trazan tus labios si no me acarician? Busco las respuestas en el otoño, en los otros noviembres malditos donde enterré todas las historias que habían tardado meses en germinar, en volverse sueños. Los sueños están hechos del mismo material que las soledades. Vienen y vuelven a marcharse y a veces descubres que jamás han existido, que su lugar está con esas preguntas que no tienen respuesta, entre las pecas de una sonrisa o en el cosquilleo nervioso que precede a los besos. No somos sino pájaros que no se terminaron de marchar, exilios imprecisos, escalofríos. En algún momento, una mirada nos recuerda el universo que quisimos abandonar, lejos del miedo, y los años y su nombre adquieren un sentido. Entonces, regresamos. Sin habernos marchado. Pero con los ojos anhelantes de memoria fresca y sangrante, con las manos abiertas y la sonrisa niña. Buscando respuestas y palabras perdidas en el camino que conduce al invierno, en el umbral ingrávido del amor, entre los pétalos de una locura perenne.


Y noviembre se vuelve un poco menos noviembre. 

miércoles, 26 de marzo de 2014

Amaneceres ajenos




Todo era gris y estaba fatigado, 
igual que el iris de una perla enferma.  

Luis Cernuda




Sólo quien vio alguna vez amanecer sabrá de qué le hablo: la sangre gris, viscosa, de los cielos, el aura indefinida de lejanía cierta, el precoz canto de los pájaros que despiertan náuseas inexplicables en el alma. 

Yo estaba allí, en aquella mañana, en aquel tiempo que no me pertenecía. Volvía a casa y recordaba que, una vez, alguien me dijo que el canto de los pájaros puede llegar a ser un elemento desaforadamente inútil, extranjero, algo así como una circunstancia ajena a ti que te recuerda las razones por las que no deberías escapar, o quedarte en el mundo. O quizá solo en esa mañana concreta, en ese gris aciago, en ese amanecer que te contempla con ojos acerados, que sangra viento y noches de papel, mecidas por ilusiones huecas, acuosas, como el mar de mis labios que se desintegraba por la ausencia de besos homicidas. 

Yo estaba allí pero a la vez no estaba. Estábamos allí todos nosotros, nadando por los ojos de los océanos del aire. No había nadie, en aquella mañana. Yo misma era una circunstancia ajena que me recordaba -inútilmente- las razones por las que debería escapar para siempre. (Para siempre, siempre hacia la noche, la noche familiar de oscuridad arrulladora, arrulladora de sueños y labios y besos y sombra.) 

jueves, 23 de enero de 2014

Las sombras

"El sueño de la razón produce monstruos", Francisco de Goya


Sentado sobre un golfo de sombra vas siendo ya sombra tú todo. Sombra tu cabeza, sombra tu vientre, sombra tu vida misma. 
Luis Cernuda


Aurora se sintió muy lejana mientras escuchaba aquellas palabras, como si formara parte de una dimensión alternativa. Una vaga sensación de ausencia se adueñó de su corazón. Esa tarde, regresaron las sombras.

Entraban en su alma de dos en dos, de tres en tres. Fluían como un río turbulento y extraño, envolviéndola, empañando sus sueños. Aurora permanecía sentada, esperándolas. Cuando se acercaban, las alimentaba con migajas de ilusión y sentía como a medida que hacía esto, la tristeza aumentaba. Sin embargo, le resultaba inevitable.

Recordaba a las sombras de otras veces. Tomaban la forma de sus propias inseguridades, pero no circulaban de dentro hacia fuera, sino de fuera hacia dentro. Las sombras no existirían si aquellas palabras no hubieran sido pronunciadas. Y en ese  momento, eran solo sombras; pero pronto crecerían y se materializarían en escalofriantes monstruos acechantes en el filo de cada madrugada.

Querían paralizarla. Derrotarla, romperla en mil fragmentos. Robar la luz a sus mañanas. Querían convertirla a ella misma en otra sombra más.


Aurora una vez pensó que se habrían marchado para siempre. Pero aquella tarde, regresaron… Porque esas sombras no nacían dentro de ella, y no hubieran existido si las terribles palabras jamás hubiesen sido pronunciadas.

martes, 14 de enero de 2014

Después del final

Conil de la Frontera, Cádiz. Agosto de 2013

¿Acaso no veía yo en Aire la imagen viva de aquellas gentes perdidas, de aquel ídolo que yo había venido a buscar? 
Luis Cernuda, "El indolente"


La historia continuó, como todas las historias que se asemejan demasiado a la Realidad. Ella naufragó y recogió sus pedazos para volver a componerse.

Aire no regresó porque nunca se había ido. Siguieron necesitándose mutuamente, pues cada una de sus existencias dependía del otro. Resulta imposible especificar cuál de ellas era más real.

La playa permanecía quieta, como las promesas que se quedan engarzadas un día cualquiera en una estación de tren, desafiando al tiempo y a la muerte.

Una noche de invierno, ella decidió marcharse para siempre a la playa, convertirse del todo en una ficción y darle un sentido completo a su existencia. Como personaje de novela –o de nivola-, valía casi tanto como Aire. En un libro, jamás se desvanecería; al contrario, se vestiría de azules y dorados solares, amaneciendo en cada suspiro de sus lectores.

Entonces, justo antes de marcharse, descubrió unas lágrimas que la envolvían. Y palabras suaves y labios amables, que siempre habían estado allí. Personas que no se encontraban lejos y que abrazaban su misma tristeza, protegiéndola, sembrando luces y sonrisas. Seres que también formaban parte de su propio cuento. Y decidió no marcharse...


Ahora, ella vuelve algunas veces a la playa. Baila con el viento y con los cabellos pálidos de Aire, coloreándose, vistiéndose de sol. Únicamente lo hace cuando la realidad se torna demasiado sucia y su mirada demasiado opaca, cuando llueven recuerdos.

Y así, nadie consigue adivinar que, en verdad, la playa es su auténtico hogar, y que ella no es más que un personaje de novela –o de nivola- jugando a ser real…