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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mi caos

Alicia en el país de las maravillas, Disney, 1951


Allí siempre hay estrellas. 
Los letreros señalan direcciones inútiles, 
porque perderse constituye la gran meta añorada 
al final del camino. 

Marina Casado


Por mucho que camino, el horizonte sigue estando lejos. A veces, tengo la impresión de que se trata de una acuarela que el autor de esta novela en la que naufrago ha decidido dejar allí, abandonado, para que no dejemos de esperar algo. El mundo y yo somos muy jóvenes para desmoronarnos y, tal vez, para alcanzar el horizonte.

Pero no por ello dejo de caminar. Y eso que el mundo se ha desmoronado muchas veces, cada una más fuerte que la anterior, hasta que he sentido tocar fondo. Por otra parte, sé que si alguien me regalara un mapa en el que apareciera perfectamente dibujado el camino que conduce al horizonte, yo me perdería. Me perdería, porque jamás he sabido interpretar mapas, porque me pierdo a mí y pierdo todo aquello que me rodea; lo pierdo pisando nubes, extraviándome por senderos ignotos que se abren en mi pensamiento, en un inocente egoísmo caótico, evasivo, inconsciente y letal.


En este caos te busco, te espero, te siento. Hay un equilibrio diminuto en nuestro desequilibrio, en esta fuga de la lógica que nos invade. Hay horizontes alcanzables e ignorados que navegan por tu mirada. Tal vez, perderse constituya la única meta al final del camino, y la realidad blanca se pueda pintar de rojo, como las rosas del jardín de la terrible Reina de Corazones. Y qué mejor regalo que un viaje sin regreso al País de las Maravillas, siempre que no esté sola dentro de mi caos. De nuestro caos.

miércoles, 15 de octubre de 2014

La pipa de Magritte

Roy Lichtenstein


Ceci n'est pas une pipe.
René Magritte


Él era el prototipo clásico de artista fracasado: un pintor de talento –al menos, a mí me lo parecía- que no había tenido suerte y que se vio obligado a dar clases para ganarse la vida y a tratar su pasión, la pintura, como una afición menor. Como profesor, era realmente bueno, el mejor que he tenido en toda mi vida. Amable y con una paciencia infinita, jamás lo escuché gritar a ningún alumno. Llegaba a clase y nos preguntaba qué tal iba la mañana. Enseguida, nos hablaba del iracundo temperamento de Miguel Ángel, de la amistad tormentosa entre Van Gogh y Gauguin, de la osadía de Goya al pintar un desnudo en plena época de la Inquisición y también de la chica de Lichtenstein, por supuesto: aquella chica que, según nos aseguraba, estaba inspirada en el mito trágico de la rubia Marilyn Monroe. La asignatura también incluía arquitectura y escultura, pero Enrique se centraba de una forma casi descarada en la pintura: con él aprendimos a perdernos por los azules y los rosas de Picasso, los negros de Velázquez y Goya; nos desintegramos entre la bruma ignota de Turner y nos reímos de la entrañable obsesión de Dalí por la teoría de los átomos. Teléfonos con forma de crustáceo y pipas que no podían ser pipas, porque Magritte había preferido jugar con el observador y darle una bofetada de irrealidad. A menudo, en sus clases, me parecía encontrarme frente a aquel precipicio nublado de Caspar David Friedrich, bajo un cielo adornado con las pinturas de la Capilla Sixtina del que brotaban estrellas postimpresionistas.  

(Adelanto de un nuevo proyecto, aún sin título...)

sábado, 19 de abril de 2014

El verdadero desenlace

Recuerdo aquella negra noche cuando dormías.
Tu soledad, un ala rota a fuerza de costumbre,
una boca sin labios, un cuento sin final.
Dormías.
Soñabas entre violetas marchitas
huyendo hacia una sombra más oscura y radiante
que tu propia conciencia.
Dormías, soñabas,
pero en lo más profundo de tu nombre
alguien había deshojado tu mirada de muerta
y se alejaba entre dos luces inexistentes,
golpeando sus piernas de madera
contra el gris pavimento
que limitaba los colores de tu iris
hasta fundirlos en un desgarrador
crepúsculo de tangos.

Si hubieras sonreído entonces.

Era de noche.
Una niña sin manos mecía dulcemente el acordeón
dibujando canciones imposibles.
Tú soñabas despacio, sin tiempo para sonreír.
(Hasta siempre, hasta siempre. Vayan pasando.
Hay una muerta que sueña aún,
que no ha tenido tiempo de morirse
ni de estrenar sus alas pasajeras
por el gris de los cielos).
Cada cielo es de un gris intermitente,
un gris oscuro que se confunde con la noche,
sudario de la Tierra en el que descansabas. 
A lo lejos se oían, exiliadas de soles,
las monocordes pisadas de madera,
tan lejos ya que se encontraban a tu lado.
Y a veces simulabas respirar muy dentro de tu sueño,
igual que si tus labios conservaran aún
la huella de un amor que se borraba
–también a fuerza de costumbre.
Igual que si esperaras todavía algo que nunca sucedió.
Fuera del mundo solo aguarda una niña sin manos,
hundida por el peso hueco
de todas las estrellas del firmamento.

Si hubieras sonreído entonces.

Todos los cielos son oscuros, perfumados de grises.
No queda nada del azul con el que tú soñabas,
salvo un acordeón marchito y unos pocos recuerdos
que nunca sucedieron.


Así se abrió la noche. Y despertaste muerta.


Marina Casado, Soledades de la Bella Durmiente

*Todo vuelve a tener vigencia en algún momento.