jueves, 24 de diciembre de 2015

Ruinas de la Ciudad Sin Nombre



Volved, volved a mí   
todas aquellas cosas que no fuisteis. 
(Rafael Alberti)

Mientras cae la noche de diciembre, el Trapecista entona con su instrumento unas notas de adiós. Yo me detengo en sus ojos dulces y soñolientos, en el cabello oscuro y engominado, en aquella boca levemente abierta, tensionada a causa de la concentración.

Ríos de vidas inexploradas se desbordan ya por los canales, y pienso que sería extraño regresar allí alguna vez. O quizá nunca me he marchado del todo. Al fin y al cabo, la Ciudad Sin Nombre era solo una proyección de aquel adiós infinito cuajado de máscaras y de soles que sobrevenían a noches de insomnio. Era la sombra de otra ciudad real a la que un día quise llegar para reencontrarme con el Trapecista y romper de cuajo la maldición de nuestro lírico adiós. Pero la ciudad se quedó sola antes de que pudiera decidirme.

En mis sueños se transformó en la Ciudad Sin Nombre: una estación gris de dónde partían trenes que nunca llegaban a ningún sitio. Y yo me limitaba a esperarlos, pensando tal vez que me conducirían a la ciudad de los canales, donde todo terminó para empezar.

Un día, me marché para siempre de la Ciudad Sin Nombre, dando la espalda a todos los recuerdos. No imaginé que la tristeza me empujaría de nuevo hacia sus puertas, cerradas ahora para mí. Ya no se escucha desde fuera el rumor de los trenes imposibles y todo parece apagado, en la distancia. La Ciudad Sin Nombre se deshace en un sueño sin tiempo y su propia irrealidad se muere. Y aunque quisiera, no podría regresar.


El Trapecista, apenas un recuerdo frágil, una fotografía a la que todavía puedo aferrarme, es todo lo que me queda de aquella Ciudad, y de la otra. Lo escucho pulsar las cuerdas, elevando en el aire las notas dulces de una canción que jamás ha existido. Se despide, esta vez de verdad. Pero yo solo me pregunto si no será aún muy tarde para volver a soñarlo.
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domingo, 1 de noviembre de 2015

El pie derecho


"La leyenda de los siglos", René Magritte

¿Cómo fue?  
Una grieta en la mejilla. 
¡Eso es todo!  
Una uña que aprieta el tallo.  
Un alfiler que bucea  
hasta encontrar las raicillas del grito.  
Y el mar deja de moverse. 

Federico García Lorca 


Habían encontrado al hombre muerto en la silla, con las piernas estiradas y los ojos muy abiertos. Cuando mi compañero y yo llegamos a la celda, el cuerpo permanecía intacto, y sobrecogía su mirada vacía, dramática, mirándonos sin vernos. “Murió por la noche”, había dicho el guardia. Sí: murió por la noche, como todas las almas que guardan un secreto. En la prisión, era un muerto más, pero yo sabía que algo escondían sus ojos angustiados, su figura de muerto a medio hacer, sentado en aquella silla como si la Parca le hubiera alcanzado por sorpresa. Mirando algo que no comprendíamos.

Cuando se llevaron el cuerpo, continué contemplando la silla, colocada de mala manera sobre una alfombra raída y sucia. Mi compañero tiró de mí, tratándome de convencer de que la nuestra era una visita de protocolo y nada más. Un hombre aparentemente sano que muere en la cárcel, después de haber pasado allí unos meses por un delito menor de robo. “Vete tú”, le dije. Me apetecía quedarme sola con mis cavilaciones, y salí al patio soleado, donde algunos internos paseaban. Entonces, vi a la última persona a la que esperaba encontrarme allí.

Estaba solo, sentado en el suelo, vestido con un polo blanco limpísimo. Se dedicaba a trenzar pulseras, y un rayo de sol se derramaba directamente sobre sus esponjosos rizos castaños. No me acordaba casi de aquellos rizos. En todas las ocasiones que lo había visto en los últimos años, siempre de lejos y sin atreverme a dirigirle la palabra, tenía el cabello muy corto. Pero en esos momentos, sentí la necesidad aguda de hablar con él, mi antiguo enemigo íntimo. Me acerqué, impresionada, y lo llamé por su nombre: “¿Teo?”.

Levantó la mirada hacia mí y pude ver que en sus ojos se había instalado una especie de tristeza infinita que nunca antes había estado allí. Esbozó una sonrisa bonita y sincera, reconociéndome. “¿Qué haces tú aquí?”. No le di demasiadas explicaciones, pero me senté a su lado en un impulso natural, como hubiera querido hacer en tantas ocasiones anteriores. Sentí que él lo agradeció, porque aparecieron luceros diminutos en sus iris castaños. Nervioso como un chiquillo, comenzó a contarme su historia con su voz rota, tan familiar y tan lejana. No había cometido ningún delito grave, pero las malas compañías de siempre le acabaron jugando una mala pasada. Me hablaba como si su ilusión dependiera de mí, como si toda la vida hubiéramos sido amigos. “Te queda bien el pelo así”, me atreví a decirle, y me confesó que no se dejaba crecer aquellos rizos desde que era un chaval. “Pero aquí, en el trullo, no vale la pena ir arreglado”. Reímos. “Pues no te imaginas cómo te llamaba en esos tiempos”. “Venga, niña; ¡confiesa!”.

Se había detenido el tiempo en torno a nosotros; habíamos olvidado que aquello era el patio de una prisión, y me sentía obnubilada por sus ojos grandes y tristes, por las facciones angelicales de su rostro; por esa belleza que siempre me había parecido inalcanzable. No podía creerme que él estuviera en la cárcel, ni que hubiera tenido que ser en la cárcel cuando por fin habíamos mantenido una conversación como dos seres civilizados, sin insultarnos ni despreciarnos mutuamente. No era ningún criminal; no era más que un gamberro con buen corazón. Y yo necesitaba ayudarlo de algún modo, así que le pregunté cómo podía hacerlo. Él le restó importancia al asunto: “Eh; saldré de aquí, claro que saldré. Y entonces, te pediré una cita, ya que ahora pareces más simpática que cuando eras una cría”.


"La respuesta sorprendente", René Magritte


Aquella noche, me llamaron de la comisaría de madrugada. El forense había encontrado en el cadáver del presidiario unas extrañas heridas en el pie derecho, junto a un dibujo, probablemente obra del muerto, escondido en el dobladillo del pantalón. Me desplacé al depósito de cadáveres a la mañana siguiente, cuando apenas había amanecido. El dibujo estaba tan logrado que resultaba impactante. En él, la única diferencia aparente con la realidad es que el hombre no tenía pie. En mi opinión, se trataba de una pista, de una señal para comunicar algo que no podía transmitir de otro modo.

Tras pasar todo el día cavilando, la solución al enigma se me presentó de repente, como un rayo de sol tras la tormenta. Regresé a la celda y me fijé, de nuevo, en la raída alfombra que se encontraba bajo la silla donde habían encontrado el cuerpo. La levanté de un tirón y… Ahí estaba: un hueco abierto entre los desgastados tablones de madera. El ocupante de la celda debió de haber pasado las últimas semanas de vida agrandando con el filo del zapato un hueco que habría encontrado en la madera, con el único fin de esconder algo allí. Nerviosa, traté de apartar a tirones los tablones que me obstaculizaban el acceso al agujero, pero lo único que conseguí fue hacerme una herida en la mano, y la madera quedó manchada de mi sangre. Fui a por una palanca de hierro para ayudarme, y de esta forma conseguí agrandar el hueco hasta el punto de poder meter la mano por él.

Enseguida, mis dedos palparon un papel, tal como había supuesto. Conteniendo el aliento, retiré la mano lentamente del agujero, sacando de allí lo que con tanto mimo había escondido el preso. Era una fotografía arrugada, manchada levemente de sangre, de mi sangre. En el reverso, alguien, probablemente el preso, había garabateado un mensaje: “Lo mataron ellos”. Miré atentamente la foto. En ella, un hombre estaba sentado en una silla, en la misma silla de la celda. Junto a él, el que rápidamente reconocí como el guardia que me había atendido el primer día, lo apuntaba a la cabeza con un rifle. Un escalofrío se apoderó de mí cuando reconocí al hombre de la silla.

Era Teo, con la boca entreabierta y una mirada infinita. Bajo sus rizos castaños, desde la frente, un hilo de sangre le resbalaba por la mejilla hasta llegar al cuello y manchar su polo blanco. Su sangre se mezclaba con mi propia sangre sobre la fotografía.


Me arrastré como pude al patio para asegurarme de que aquello no podía ser cierto. En el centro, como el primer día, Teo estaba sentado en el suelo, envuelto en una luz irreal, vestido con el polo blanco, intacto. Me dedicó una mirada profunda, triste y buena. Entonces comprendí todo, mientras mis ojos se iban llenando de lágrimas. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Una historia de vacíos


Me hice ilusiones.
No sé con qué, pero las hice a mi medida.
Debió de ser con materiales muy poco consistentes
 
Ángel González


El frío me trae a la memoria todas las cosas vacías y tristes del mundo: el olor de los aeropuertos, la luz insomne de los hospitales, la soledad de una piscina, un cielo gris enmohecido peinando los últimos acordes de la tarde. También me hace recordar todas las historias tristes que conozco. La que sigue no es exactamente triste; es, sobre todo, una historia de vacíos.

Érase una vez una noche de un otoño que se marchitaba. Diciembre inauguraba en Madrid la ansiada y efímera iluminación navideña, en un tiempo en que las estridencias de Agatha Ruiz de la Prada aún no habían colonizado la estructura metálica con forma de pino que cada año se coloca en la Puerta del Sol. A nuestra joven protagonista le seguía ilusionando contemplar la iluminación navideña, a pesar de haber dejado la infancia –y la adolescencia- bien atrás. Ese año, era doblemente ilusionante, porque se trataba de la primera vez que salía de su casa desde hacía un mes. Acababa de curarse de un virus pesado e incómodo, un virus que la había mantenido postrada en la cama y sin probar bocado. Por eso, aquella noche las luces navideñas se reflejaban en sus ojos con un brillo especial.

Para celebrar su restablecimiento, había aceptado el primer plan que se le presentó: ir a un pub con una colega –no llegaba a la categoría de amiga- y su pandilla. Cuando llegó allí, no conocía a la mitad de la gente: en parte, se sentía diminuta y vulnerable, extraña en aquel ambiente de música latina que no la incitaba a bailar. Se movía de forma mecánica y absurda, y el espejo de la pared le devolvía a veces un rostro pálido y ojeroso, unos labios cortados: huellas aún visibles de la reciente enfermedad. Pero, por otra parte, una ilusión inexplicable y revitalizante la invadía aquella noche: una ilusión que se parecía mucho a esa misma emoción injustificable ante el alumbrado navideño. Tal vez, simplemente se debiera al furor por volver a salir de casa, por sentirse recuperada.

No estaba especialmente guapa aquella noche. Pero uno de los amigos de su colega, uno que no había visto antes, le sonreía todo el tiempo. Él tampoco era especialmente guapo. Tenía un rostro característico, muy parecido al de un pastor alemán. Incluso en su mejilla poseía un lunar idéntico al que los pastores alemanes tienen al lado del hocico. Era delgado y ojeroso, como si estuviera enfermo de manera permanente, y sus labios resultaban demasiado finos y marcados. Pero tenía una mirada amable.

El Chico-Pastor alemán pasó gran parte de la noche hablando con nuestra protagonista. Cuando todos se despidieron, le pidió el número de teléfono. La historia comenzó así, de modo convencional y estereotipado: parecía difícil que de aquello pudiera surgir algo especial. Pero la muchacha se había empezado a ilusionar.

Todo prosiguió de la forma habitual: él le escribió un mensaje y, días más tarde, ambos se encontraron en la Puerta del Sol, junto a la estructura metálica con forma de pino. Aquella tarde, él la besó por primera vez, aunque resultó un beso tan anodino que ella ni siquiera podría recordar, años más tarde, en qué circunstancias se produjo. Solo sabía que nunca estuvo especialmente ansiosa por ese beso: tampoco estaba segura de que el Chico-Pastor alemán le gustara. Apenas lo conocía y tampoco se podría hablar de un flechazo. Pero el beso no le disgustó, y hacía unos meses había salido de una pseudo relación, la primera, que le había borrado de un plumazo todas sus fantasías salidas de los cuentos de hadas.

O al menos eso pensaba ella. En el fondo, su ingenuidad había recibido una puñalada, pero continuaba viva, resurgiendo ante la anodina historia que estaba comenzando. En su mente envenenada de cuentos, la idea de la hipotética llegada de un Príncipe Azul que la rescatara para siempre de aquella realidad invernal cobraba fuerza, revivía ante cualquier atisbo de ilusión. Era nuestra protagonista una muchacha enamoradiza, tendente a idealizar a las personas y a enamorarse no de las personas en sí, sino de su propia idealización proyectada.

Por eso, la tarde en la que el Chico-Pastor alemán la cogió de la mano y la invitó a cenar a un restaurante hindú, la joven comenzó a idealizar de forma más profunda. Jamás nadie la había cogido de la mano, ni siquiera en aquella relación por la que había pasado sin pena ni gloria, sin reconocer en el otro un mínimo aliento de romanticismo.



Empezó a quedar más a menudo con el Chico-Pastor alemán. Paseaban por el casco antiguo de Madrid bajo el frío de diciembre, se besaban, tomaban chocolate con churros y alguna vez fueron al cine. El alumbrado navideño era el telón de fondo de aquel comienzo que bien pudiera describirse como plácido. La conversación, sin embargo, continuaba siendo tan superficial como la que pudieran mantener unos perfectos desconocidos. Ella se dio cuenta de que él jamás expresaba sus sentimientos, y de que nunca le había dicho con palabras que le gustaba. Por eso, una noche, al salir del cine, después de que él la besara, ella se le quedó mirando y, con gran esfuerzo, consiguió articular la pregunta: “Oye, ¿yo te gusto?”. Él arqueó las cejas y sonrió, sorprendido: “Creía que era obvio”. Ella sonrió también y quiso abandonar su inquietud. Pero, en el fondo, esta continuaba palpitando en su corazón, que le susurraba que algo iba mal. Sin embargo, logró acallar aquellas voces y se abandonó, de nuevo, a la ilusión.

Diciembre fue avanzando y pronto dejó paso a enero. Se acercaba el momento favorito del año de la muchacha: la Noche de Reyes. Desde niña, tenía la costumbre de asistir a la cabalgata con sus padres y después ir a tomar un chocolate con churros al Café Comercial. Le habló al Chico-Pastor alemán de aquella tradición, tan especial para ella, y entonces ocurrió algo inesperado: él le propuso ir a ver juntos la cabalgata aquel año. Emocionada, ella aceptó.

La tarde del 5 de enero, vieron juntos la cabalgata. Se rieron, se besaron muchas veces y él le consiguió algunos caramelos de los que eran arrojados desde las carrozas. Después, caminaron de la mano hasta la Puerta del Sol, donde él había quedado con sus amigos, aquellos con los que estaban la noche en que se conocieron. Justo antes de encontrarse con ellos, soltó su mano, y la inquietud volvió a renacer en el pecho de la muchacha en forma de un mal augurio. Se encontraba en un extraño punto de partida: el mismo escenario, la misma gente, el mismo alumbrado navideño. Y la mirada de él, sin rastro de complicidad, como si continuaran siendo los mismos perfectos desconocidos del comienzo. Por las reacciones generales, se dio cuenta de que él no le había contado a ninguno de sus amigos nada acerca de ella. Se marchó a casa muy pronto.

Al día siguiente, le escribió un inocente mensaje: “¿Qué tal tus Reyes?”. Pero la respuesta no llegó de inmediato. Pasaban las horas y continuaba sin llegar, a pesar de que el mensaje aparecía marcado como “leído”. La joven volvió a la Puerta del Sol aquella noche, paseando sola y reflexionando acerca de los últimos acontecimientos vividos. Se dio cuenta de que aquella ausencia de respuesta ponía, de algún modo, un punto y final. Por alguna razón, no se sorprendió. Esa noche, se encendió el alumbrado navideño por última vez.

Días más tarde, unas sucintas palabras de él le confirmaron lo que ya sabía y se negaba a creer. Aquel comienzo de historia que duró lo mismo que el alumbrado navideño de Madrid le dejó un pequeño vacío en el alma, aunque comprendía que dicho vacío no se debía a que echara de menos al Chico-Pastor alemán. Realmente, a esas alturas todavía no estaba segura de que él le hubiera llegado a gustar. Más bien, se había dejado arrastrar por su perfecta idealización, por la inútil ambición de perseguir un cuento de hadas que el destino parecía negarle, una vez tras otra.

Esta historia, queridos lectores, no es una historia triste, sino una historia de vacíos, de sentimientos inexistentes, de besos huecos, de idealizaciones proyectadas y hojas marchitas que se dejan llevar por la ráfaga de viento más amable. No cobran importancia los personajes, sino el trasfondo escondido bajo los acontecimientos. Cuando pienso en esta historia, me domina un sentimiento de sinsentido cósmico, de ingenuidad apuñalada, de comprensión tardía. No puedo evitar preguntarme cuántas historias, más largas que el período del alumbrado navideño, se habrán construido sobre ese mismo vacío. Cuántos corazones no sentirán curiosidad por enamorarse, por sentir de un modo más agudo y profundo. En tales ocasiones, me invade una especie de pasión rebelde.


El frío me trae a la memoria todas las cosas vacías y tristes del mundo, y tengo que combatirlo con amor: ese sentimiento que rebosa en mi sangre y dentro de mi corazón.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Volar

Barco de mariposas, Salvador Dalí


es decir ayer
es decir hace siglos
 
Alejandra Pizarnik

“Aquí aprendí a volar”, te confesé mientras me mirabas desde el suelo, embelesado. Nos hallábamos en un portal de amplias dimensiones, con un techo alto que podía acariciar en aquellos momentos. De nuevo, se apoderaba de mí esa maravillosa sensación de paz, la percepción de un equilibrio perfecto que bañaba todo mi universo: el equilibrio que he perseguido cada minuto de mi vida y que solo he podido hallar plenamente cuando vuelo.

Volar es algo así como nadar en el aire, que ejerce una pequeña resistencia, muy pequeña. El vértigo habitual desaparece, junto a todas las preocupaciones mundanas. En su lugar, se extiende por la mente y la sonrisa una misteriosa confianza muy parecida a la felicidad. Volar es elevarse sobre todo aquello que suele dar miedo, borrarse las ojeras y comprender que las montañas más escarpadas son leves obstáculos en tu viaje que, simplemente, te obligarán a volar más alto. Volar es sentir que no tienen cabida en tus ojos los imposibles.

En ocasiones, transcurre demasiado tiempo entre uno y otro vuelo, como si me hubiera olvidado y, de repente, un día volviera a recordar cómo se hacía. Si lo medito fríamente, no puedo olvidarme de volar porque jamás he aprendido: desde que tengo memoria, he sabido hacerlo: nadie me ha enseñado. Lo que ocurre es que, a veces, se me olvida que siempre he volado. Y un día, simplemente, me acuerdo, y vuelvo a elevarme en el aire como tantas otras veces y a sentirme en paz conmigo misma.

Siempre que vuelo estoy sola. Lo hago de forma natural, como si se tratara de un don que únicamente yo poseo. Por eso, cuando te conocí y me confesaste que sólo te enamorarías de una mujer que volase –haciendo tuyas aquellas palabras de Oliverio Girondo-, comprendí que al fin nos habíamos encontrado.

Mis primeros vuelos los efectuaba para escapar de las pesadillas y despertar, sana y salva, en mi cama. Ahora, si estoy despierta, solo puedo volar cuando estoy a tu lado, alcanzando el equilibrio que siempre había perseguido y que quedaba relegado a mis sueños.


Hoy, he regresado a aquel portal que visité la otra noche mientras volaba, aquel que quise enseñarte, que formaba parte de mi historia. El portal era mucho más pequeño de lo que recordaba, tal vez porque los lugares de la infancia adquieren, en la memoria, dimensiones idealizadas. Tal vez, simplemente, porque yo era más pequeña y el mundo, igual que las distancias, se volvían inmensos. Allí aprendí a volar, o a soñar. Al final de las escaleras, he vislumbrado la puerta que tantas veces crucé cuando el universo avanzaba balanceándose al ritmo del trotecillo alegre con el que me dirigía al colegio, de la mano de las personas que me vieron volar entonces y a las que ahora solo puedo hablar en mis sueños. Tal vez, sí aprendí a volar: tal vez sí me enseñaron. De lo que estoy segura es de que jamás podré olvidarme…

lunes, 7 de septiembre de 2015

La Verdad


 Fotograma de Un perro andaluz (1929), de Luis Buñuel y Salvador Dalí

Or were run down by the drunken taxicabs of Absolute Reality 
Allen Ginsberg, Howl

La Verdad puede ser tan fría y tan hiriente como el más afilado de los cristales. A veces ocurre que la presentimos de lejos, disfrazada de imágenes subconscientes plagadas de calaveras o en esos instantes en lo que la rabia nos invade y no queremos a nadie y somos esos seres a los que nadie quiere. La presentimos, sí; pero es tan horrible, tan monstruosa, que no nos atrevemos a  acercarnos.

Y huimos. Cerramos los ojos y estaríamos dispuestos a arrancárnoslos para no ver, para no descubrir la Verdad. Para no mirarla a la cara y estremecernos y dejar que el mundo de las sombras nos destroce, que todo lo vivido se convierta en una proyección de imágenes sobre la pared de una cueva que alguien allá afuera maneja. Alguien llamado la Verdad.

Pero no importa, porque todo tiene un fin, incluso la inocencia. ¿Y qué será de nosotros cuando ya no quede ni una gota, cuando a pesar de habernos arrancados los ojos todavía podamos ver, como en la más estremecedora de las pesadillas? En el instante en que muere la inocencia, el velo de dulces mentiras se deshace para dejar desnudo el esqueleto árido de la Verdad. Lo veremos aunque no queramos mirarlo. Perderemos el alma cuando esto ocurra, porque en realidad nos aferramos a la mentira para seguir creyendo en un mundo bueno, amable, cuajado de pasados azules y algodonosos. Ese mundo que nos ha convertido en lo que somos: un cúmulo informe de buenas y malas intenciones, de sonrisas y llantos, de tantas equivocaciones.

Sin embargo, una vez herida, la inocencia no puede recuperarse. Ocurre igual que en un sueño, cuando nos damos cuenta de que nuestro alrededor no es real y, aunque tratamos de quedarnos, todo se va disipando a velocidades de vértigo.

Un día, simplemente descubrimos que todo el dolor vivido por no mirar a los ojos a la Verdad no ha servido de nada. La pesadilla no terminó en ese punto: reside debajo del velo raído al que no nos atrevemos a volver la mirada. No va a regresar el mundo de inocencia, ese mundo en el que todo estaba bien. No es lógico seguir huyendo de algo que ya nos alcanza, que nos cubre con sus tentáculos de sangre, que nos cierra los paraísos de libertad y niebla que un día imaginamos.


Y seguimos corriendo porque, cuando nos detengamos, nos disiparemos como un sueño más, como una mentira, como una lágrima. 

sábado, 25 de julio de 2015

Si tú me dices ven


Como un ave olvidada de la rama nativa
A un tiempo poseíste muerte y vida,
Sin haber muerto, sin haber vivido. 
Luis Cernuda


Tenía nombre de bolero y sonrisa de galán de película de serie B. Se escondía tras el acordeón más triste de todos los tangos que venían a mi imaginación y a la vez formaba parte de una suerte de distopía inaccesible para los soñadores caducos como yo. Lo miraba caminando por oficinas blancas como amaneceres inciertos, siempre rodeado de gente, sin detenerse. No; no  lo miraba. Lo asesinaba en versos.


¿Cuántos años han pasado? Hoy las oficinas se derraman por mis mejillas como lágrimas de ciencia-ficción, imposibles y perfectas, crueles. Hoy, los protagonistas de todos los cuentos inacabados se levantan contra su autor, con las manos cubiertas de sangre. Los cientos de futuros abandonados en hojas amarillas se amontonan, uno sobre el otro, revelándome que, en realidad, no fui yo la asesina. No hay final: jamás hubo final. Ahora, puedo escribir historias nuevas, modelar personajes con los dientes azules y los ojos como luces de neón. Pero él permanece vivo detrás de todos los boleros y yo sigo esperando, esperando para continuar esa letra que sigue siendo cierta, esa letra que comienza: “Si tú me dices ven…”

jueves, 2 de julio de 2015

Final



"Blood in my love in the terrible summer" 
Jim Morrison

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Te he querido tanto. Desde aquellos días de las libélulas apuñalando los mediodías sangrantes del oeste. Tal vez ni siquiera soñaras con mi sombra por entonces. Pero estaba allí: detrás de todas las esquinas del mundo, al borde de cualquier verano o de cualquier precipicio que habitase en una mirada de soslayo.

Dicen que, si pronuncias tres veces la palabra noche delante de un espejo, te abrasas. Yo me desgarré los ojos para guardar silencio, pero fue en vano: el Mago del Reloj espiaba mis labios, los manipulaba, me acunaba despacio mientras de mis sienes brotaban flores blancas de adelfa.

Era como un ritual tétrico, vacío y extravagante, extrañamente dulce para la conciencia de un poeta próximo al suicidio (pero yo jamás lo he sido). ¿Recuerdas mi corazón incendiándose? Lo salvaste. Me salvaste. Y después.

Después llegó la lluvia.

NOCHE. NOCHE     N O C H E…

(Y todas las luces se apagaron.)
…………………………………

¡Miss X, Miss X! ¿Dónde está? Todavía me acuerdo de sus labios, de su melena rubia arrebatada por el fuego. Tenía veinte años, los mismos que yo cuando se deshizo el verano. Pero yo jamás lo he sido.

Miss X halló su nombre extraviado al fondo de una nube, dentro del mar, una noche de julio. Había islas amarillas que la acorralaban. La encontraste con un velo en los ojos y entonces. Entonces…

Entonces amaneció.

N  O  O  C  H  E.         Nochenoche
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Así terminaba el hechizo en cada albada. Se me enredaba el cabello con las aguas del lago donde flotó Ofelia, encantada. Hasta que un día, todas las libélulas se aliaron con mi sombra para desvanecerla en luz.

Hoy vislumbro las sendas del futuro disueltas en niebla. Hay sangre que se desborda en oleadas sobre la ciudad, sobre mi corazón, que se ha ennegrecido al paso de las desilusiones, y aquel verano terrible predicho por Jim Morrison cobra su sentido, sus variaciones ciertas: una feroz tristeza que me abrasa el corazón antes de marcharme para siempre. Porque aquel silencio sólo fue una máscara: en realidad, yo también pronuncié esas palabras disparando a la superficie del espejo.


A veces el adiós es la última estación en la que todos nos bajamos. Y este es solo un final premeditado…