Atardecer en Conil de la Frontera, Cádiz. Agosto de 2011
.
No preguntarme nada. He visto
que las cosas
cuando buscan su curso
encuentran su vacío.
Federico García Lorca
Fue
un final indeciso. Después de despedirnos, cada uno se alejó en una dirección
diferente. Me detuve un instante y volví la cabeza, pero tú sólo seguías
caminando mientras el cielo se desangraba y las gaviotas lanzaban sus quejas
encendidas a las primeras estrellas.
Unos
meses después, conocí a David. Pero sus ojos eran castaños, tan distintos a los
tuyos, de niebla y agua, de salones victorianos describiendo majestuosos e
inexistentes círculos en tus iris.
El
color de tus ojos me miraba en forma de cielo encapotado, amenazante de lluvia,
aquella tarde de febrero. Por entonces, yo todavía me pasaba las horas
escribiendo sucesivas versiones de nuestra breve historia -acaecida meses
antes-, buscando un final satisfactorio, cerrado, que completase el círculo de
tu recuerdo. No pedía un final feliz, tan solo uno lo suficientemente lírico
para convertirte en poema y dejar de pensarte. Para los que llevamos la
maldición de la poesía dibujada en el alma, los finales incompletos suponen un
riesgo, porque constituyen el comienzo de una idealización.
Esa
tarde de febrero, dejé clavada la mirada en el gris marengo del cielo de Madrid
hasta sentirlo atravesado por la daga del crepúsculo. Revivía tus ojos en aquel
color lentamente extinguido. Horas más tarde, conocería a David.
A
nuestra historia le faltó aquella última mirada. Tú nunca fuiste de letras: te
aferraste a un final precipitado, a la ausencia de una elegía en la cual
tuvieras que reflexionar sobre el color de mis cabellos, la forma exacta de mi
sonrisa. Quisiste ahorrarte las metáforas, las aliteraciones que llevaran
implícita la inicial de mi nombre. Pero yo tengo la maldita costumbre de
novelar mi existencia, de buscar un sentido completo a cada hecho que a otra
persona más práctica pueda resultarle carente de valor.
David
estaba muy guapo aquella noche, mirándome en la distancia por detrás de su
sonrisa. Era la suya una sonrisa confiada, sin dientes, con un exquisito tinte
de arrogancia. Tan distinta a la tuya, cuya timidez se podía apreciar a varios
metros. No se me hubiera ocurrido relacionarlo contigo, hasta que me di cuenta
de que se acercaba y, justo en ese instante, comenzaba a sonar en el pub la
misma canción que escuchamos tú y yo aquella otra noche de verano. Reproducía
en mi cabeza tus palabras, tu risa nerviosa al comentar esa canción, el tacto
tembloroso y pretendidamente casual de tus manos al rozar las mías. Mientras,
David se había situado frente a mí y me miraba retadoramente con sus expresivos
ojos castaños. Me preguntó alguna banalidad y, de repente, me dijo algo que no
esperaba oír: venía de la misma ciudad que tú. Estudiaba la misma carrera.
Aquellas
tres casualidades –la canción, su ciudad de origen, sus estudios- tenían que significar
algo. Le pregunté su nombre y creí adivinar la respuesta: “Alberto”,
pronunciado con elegancia, con esa “a” abierta que llevaba meses colgando de mi
memoria.
Sin
embargo, me dijo que se llamaba David. Y el color castaño de sus ojos pareció
intensificarse, gritándome que él no eras tú, que tú ya sólo existías en mi
imaginación, que ni siquiera recordaba el timbre de tu voz ni el tacto de tu
cabello: únicamente esa mirada acerada, a medio camino entre el azul y el gris,
clavándose en mi conciencia.
Volví
una vez más a aquella discoteca, te vi de nuevo en la distancia, buscándome
tímidamente, acercándote y sonriendo. Brillabas en medio de la maraña de
cuerpos sin rostro que se agitaban, como juncos absurdos, en pos de la música.
Parecías haber escapado de alguna época de valses donde incluso las sombras se
abanican.
David
no fue el final que buscaba, el trazo último del círculo que cerrara el
capítulo en el que apareciste. Tenía todos los ingredientes para ocupar tu
papel, para convertirse en la esperanza que en aquellos momentos necesitaba.
Pero le faltaba lo más importante, algo que ni siquiera podría atreverme a
describir. Tal vez fuera el frío de Madrid que nos sorprendió al salir de aquel
pub, un frío muy distinto a la brisa nocturna de la costa andaluza, que todo lo
suaviza y lo vuelve mágico.
David
se marchó aquella misma madrugada en que lo conocí, llevándose para siempre sus
ojos castaños y su arrogancia de timbres infantiles. Yo estaba segura de que no
volvería a verlo. Ya dice el refrán que “nunca segundas partes fueron buenas”.
Y él no podía ser tú, además de que tú jamás serías él. Su historia estaba
cerrada, sencillamente porque no hubo ninguna historia. ¿O sí la hubo? Tuvo que
haberla, si sigo recordándolo y a veces se me escapa una sonrisa. A menudo, las
mejores historias son aquellas en las que, aparentemente, no sucede nada.
Hoy,
cuando trato de hacer memoria, se me ocurre que yo, aquel verano, era muy niña.
Lo que para mí constituyó el fragmento de una poesía inacabada, para ti –para
cualquiera- no debió ser más que otra anécdota perdida entre una maraña de
recuerdos sin rostro que se agitan, como juncos absurdos, en pos del
calendario. Pero, ya te lo he explicado; tiendo a novelar mi existencia y a
buscar finales redondos, casi siempre dramáticos.
Hoy,
cuando revivo tus ojos grises en la memoria, me sorprendo, porque ni siquiera
llegué a enamorarme de ti. Me enamoré de tu recuerdo, de esa ausencia que fue
creciendo con los meses, envolviéndose de colores idílicos. Necesitaba una
historia. Necesitaba un final perfecto, aunque fuera trágico. Y rompiste todos
mis esquemas después de aquella despedida, cuando no volviste la cabeza para
mirarme…
Un amor perfecto, aunque sea efímero, es aquel en el que alguien se vuelve para
mirarte.
La
tarde naufragaba sobre el océano, ruborizando el cielo, salpicando de fuego a
las gaviotas. Sentados en una toalla, escuchábamos el insistente y apacible
rumor de las olas. Tú, por primera vez en varias horas, guardabas silencio.
Creo que nos daba miedo quedarnos callados. Entonces te inclinaste sobre mis
labios y me besaste y el tiempo se detuvo…
Cuando
volví a mirarte te sonreíste, disculpándote:
-Lo
siento… Llevaba toda la tarde queriendo hacer eso.
-Creo
que ha sido más bonito que esperaras para hacerlo.
-Pero
ahora, apenas queda tiempo.
-¿Por
qué tienes que vivir tan lejos?
-No
importa; podemos seguir viéndonos de vez en cuando…