miércoles, 18 de febrero de 2015

El equilibrio


Paseaba con un dejo de azucena que piensa,
casi de pájaro que sabe que ha de nacer. 
Rafael Alberti


Es lo opuesto al miedo. Es el caminar por las calles del invierno sintiendo bailar el alma, sonreír las cosas más vulgares, como la luz de un semáforo o el envoltorio vacío de un caramelo que el viento juega a deslizar sobre la acera. Junto a él pasan centenares de piernas ciegas, de historias ajenas. Ninguna lo comprende. Hay una especie de intimidad entre tú y ese envoltorio ignorado y te sumerges en ella, brillando por dentro más que los guiños luminosos del semáforo.

He pasado toda mi vida buscando el equilibrio. Hubo un tiempo en el que olvidé cómo bailar y la calle era un nido enemigo, un campo de minas. Estudiaba los rostros con ansiedad, huyendo, ignorando los centenares de envoltorios de caramelos que cruzaban la acera bajo mis piernas, empujados por el viento. Mi alma estaba desordenada y naufragaba cada día, cada hora, cada microsegundo en el miedo. En el terrible miedo que todo lo marchita.

Fue necesario hundirme muy profundo para volver a despertar después de la tormenta. Entonces, el mundo se vestía de colores nuevos y hasta me parecía saborear el olor que deja la lluvia en el viento. El mismo viento que juega a deslizar los envoltorios ignorados.

El equilibrio no es equivalente a la perfección. La vida me parece un puzle en el que siempre queda una pieza, o varias, por encajar, y después de construir una parte, hay otra que se desmorona. Algo que falla. Pero eso no es el equilibrio.

Mi vida dista mucho de ser un puzle completo. Sin embargo, hoy puedo pasear por el invierno sin mirar cada rostro con el que me cruzo; perdiéndome en el suelo, o en el cielo, porque los envoltorios vacíos de caramelos comparten una misteriosa afinidad con las estrellas que los atardeceres desperdigan por el firmamento. Puedo sonreír y experimentar una indiferencia absoluta ante el hecho de que los transeúntes se fijen o no en mi sonrisa, me tomen por una loca o por la más encantadora de las criaturas. La sonrisa no es para ellos: es para mi alma, para los envoltorios o las estrellas.

Hay incluso una clase más elevada de equilibrio: la que se encuentra en un abrazo. No en un abrazo cualquiera, desde luego, sino en el de alguien que pueda comprender con naturalidad tu misteriosa afinidad con los semáforos, los envoltorios abandonados o los astros. Y eso, más que cualquier otra cosa, constituye el tan añorado equilibrio.

miércoles, 28 de enero de 2015

Poemise


Un sueño sin faroles y una humedad de olvidos,  
pisados por un nombre y una sombra.  
No sé si por un nombre o muchos nombres, 

si por una sombra o muchas sombras. 
Reveládmelo.

Rafael Alberti 

Al principio, no fui capaz de recordar el nombre. Me llevabas de la mano por aquella escalera de caracol que conducía a ninguna parte. En el primer piso, un hombre manipulaba un cerebro, y te asombraste tanto como yo. “Está creando vida”, dijiste, “este será el comienzo del fin”.

El fantasma de una niña ataviada con un vestido azul deambulaba por los pasillos, su afilada sombra espiando nuestro silencio. Pero no soltaste mi mano en ningún momento. Recorrimos no sé cuántas habitaciones. Nuestra única misión era escapar, salir intactos de aquel lugar, distorsionando azules. Pasaron tantas cosas que no recuerdo. Pero al regresar al primer piso, el cerebro ya era una cabeza humana. Una cabeza con sus facciones perfectamente definidas, demasiado deslumbrantes, tal vez; pero que nos miraba: nos miraba con fijeza y una extraña e inquietante sabiduría.  “Está creando vida”.

Sí, estaba creando vida, o deshaciéndola. Teníamos que parar aquello. Era vida, pero vida vacía. De gente que no llora, de mariposas muertas. De mundos sin lágrimas, eternamente áridos, como desiertos en mitad de una mirada colonizada por la pupila.

De repente, comprendí que conocía aquella casa. La había visto en una película titulada Poemise. El nombre llegó a mi memoria igual que una ráfaga de viento arañando las esquinas del cielo. Poemise. Sabía lo que vendría ahora. Tú me llevabas de la mano por aquella escalera; bajábamos y atravesábamos el vestíbulo con el fantasma de la niña azul pisando nuestras huellas. Al salir al jardín, pasando por debajo de un arco, supe que nos la encontraríamos cara a cara. Tú también lo sabías, pero creías que yo no. Y yo no podía decirte que aquello formaba parte de una película. Que en ese momento estábamos en la película.

Allí estaba el fantasma de la niña, con su vestido azul y una nebulosa cubriendo su rostro. No te asustaste, como si la hubieras visto en demasiadas ocasiones, y yo fingí asustarme para que no sospecharas. Grité de forma estúpida y el paisaje se desvaneció a nuestro alrededor. Poemise. ¿Formarías también parte del decorado?

No; porque habías salido de la casa, del jardín, y seguías sujetando mi mano. No importaba que no te hubieras asustado. La misión estaba cumplida, aunque no puedo recordar cómo la cumplimos. Nos encontrábamos en un inmenso aparcamiento de coches voladores: tú tendrías que coger uno y yo otro: nos marcharíamos en direcciones opuestas. La pesadilla había terminado, pero eso implicaba tener que soltarte la mano.


Por primera vez, deseé regresar a Poemise

lunes, 26 de enero de 2015

Selene


Y si te vas, me voy por los tejados
como un gato sin dueño. 
Joaquín Sabina


La luna es un lugar de la noche en el que se refugian los ojos de los melancólicos, de los soñadores con alardes de poetas que bucean por su tristeza sin esgrimir un motivo lo suficientemente cierto. Pero tan fiero, tan intenso.

Tanto hablar de poesía y, realmente, moriría sin la música. Se me encoge el corazón bajo los acordes amargos de una canción de los noventa. La voz ronca de Sabina me trae, por alguna razón inexplicable, tu mirada. Bailamos. Tal vez tu amor sea producto de mi imaginación y esté volviendo a convertir mi vida en literatura, como siempre. Como nunca. Pero podría jurar que me quieres.

Si alguna vez viajo a Nueva York, aparcaré mis sueños por un instante junto a Tiffany’s mientras desayuno un croissant enfundada tras unas Ray-Ban. Ya lo sabías, ¿verdad? Basta con mirarme e imaginar todos los nombres que me merezco. En realidad, no necesito más que uno.

Soy de ese tipo de personas. Sin embargo, he decidido no perderme más por el viento del oeste, por muchos barcos, hidroaviones y reyes que prometan venir a buscarme. Me voy a quedar aquí sentada, mirando la luna como una melancólica más con pretensiones de poeta. Si puede ser, contigo. Aunque mirar la luna no es como ir al cine: la soledad no es un obstáculo. Pero mi gata sí tiene nombre. Aunque eso ya lo podrías suponer.

Voy a tirar la tristeza a la basura o detrás de unas Ray-Ban. De niña, se me hacía necesario llorar para que las farolas y los semáforos se desenfocaran y la noche se convirtiera en un caleidoscopio de irrealidad. Ahora, basta con quitarme las gafas. Hasta la miopía tiene su magia, o tal vez sea, nuevamente, este afán mío por literaturizar las existencias.


Soy feliz y estoy triste. Definitivamente, he debido de atragantarme con tantas lunas o tantas canciones… Pero si alguien me las quita, me moriré de frío o, lo que es lo mismo, de indiferencia cósmica.

La poesía no es más que una indigestión de lunas. Pero que nadie se lleve la música...

domingo, 4 de enero de 2015

Antes de la Ciudad Sin Nombre


René Magritte, "The Victory"

Sombras frágiles, blancas, dormidas en la playa. 
Luis Cernuda

.
Un día, escribió todas las letras del alfabeto en una hoja de papel y jugó con ellas hasta desbaratarlas, otorgándoles un sentido preciso que, años más tarde, nadie recordaría.

Así nació Ánesthelv.

Ánesthelv era una tierra sin entrada ni salida donde habitaban los imposibles. Bastaba cerrar los ojos para vislumbrarla. Ánesthelv iba a ser el comienzo de una novela y acabó siendo un nombre incomprensible para todos aquellos ajenos a su fundadora.

Olía a rosa, a azul, a ninfas misteriosas arrastrando sus níveas vestimentas por playas efervescentes. Sabía a silencio y ojos grises. Era portadora de cielos blancos que anunciaban tempestades constantes y sirenas a las que nadie se había atrevido, aún, a vendar los ojos.

Ánesthelv era el país de los amores inevitables, que son los no correspondidos. Llovían lágrimas en sus fronteras y los unicornios salían a pasear en cada amanecer. Por la noche, las estrellas dibujaban un broche de plata al firmamento.

Escapó un día de Ánesthelv para marcharse a la Ciudad Sin Nombre, con su estación de trenes eterna y su gris anónimo y el fantasma de un romance incompleto anidando sus rincones. Cuando comprendió que aquellos trenes nunca conseguían salir de la Ciudad Sin Nombre, que los viajes eran utopías y al final siempre despertaba antes de marcharse el tren, deseó con todas sus fuerzas regresar a Ánesthelv y ni siquiera fue capaz de recordar cómo había llegado a la estación.

Pasaron varios años hasta que, al fin, uno de los trenes la llevó a otra ciudad distinta de la Ciudad Sin Nombre. Pero aquella ciudad no era Ánesthelv.

Ya no sabía si deseaba regresar. La nueva ciudad era soleada y el amor se hacía realidad en cada bocanada de viento. Recordaba Ánesthelv como un cúmulo de soledades engarzadas espolvoreadas de blanco y plata.

No estaba segura de querer regresar. Pero sí se había empeñado en descubrir el modo de hacerlo, para decidir, una vez lo supiera, no atravesar sus puertas.


Sin embargo, ya no recordaba el sentido de Ánesthelv. Resolvió escribir todas las letras del alfabeto en una hoja de papel y desbaratarlas, viajando de improviso al rincón más remoto de su conciencia. 
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miércoles, 24 de diciembre de 2014

Caleidoscopio


Gran Vía, Madrid

Esta noche te cruzan
verdes, rojas, azules, rapidísimas
luces extrañas por los ojos. 
Pedro Salinas

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En diciembre Madrid, aterida de frío, se pone un abrigo de guirnaldas y luces de colores y nos empuja a todos a recorrer las calles del centro, dibujando chimeneas con el aliento mientras una extraña y familiar ilusión nos avanza por la sangre. Se borran los días de la semana, pero también los años, y vuelvo a ser la niña aquella que se empeñaba en escuchar villancicos desde septiembre, contando las horas que faltaban para poner el árbol de Navidad.

Hay una secreta euforia en el sencillo hecho de caminar por la Gran Vía iluminada, esquivando las muchedumbres humanas que bajan desde la Plaza de Callao, con las luces navideñas bailándoles en el centro de las pupilas. Me cruzo con gorros de reno, pelucas de colores y sonrisas con fecha de caducidad. Me fundo con el latido esperanzado de las calles que un día vieron pasar a Luis Cernuda, Rafael Alberti, Federico García Lorca. En estas fechas, la nostalgia se mezcla con extravagancia, y el resultado es un caleidoscopio de sensaciones desquiciado y anhelante, como las estrellas que no se distinguen en el firmamento.

Miro hacia atrás un instante y el anuncio de neón de Scheweppes me lanza guiños cómplices, y comprendo que Madrid, este fugaz acorde de locuras inconcretas, vive dentro de mi pecho. Madrid, sus desequilibradas multitudes sin nombre, las compras improvisadas y azarosas, las luces navideñas que atraviesan los cielos como improcedentes y sedosas galaxias, la entrañable melancolía de una taza de chocolate acompañada por churros, la pulcra tristeza de la chaqueta blanca de un camarero, un beso con gorro de lana, los sueños esparcidos de fantasmas –algunos todavía vivos, pero más ausentes que los que se fueron-, viajando en barcas por los ríos azules de nuestra memoria.

Madrid es todo eso, y Madrid soy yo: un cúmulo de pupilas desquiciadas, anónimas, absurdas, frívolas y melancólicas, soñadoras y hondas, que se pierden en rincones en los que el tiempo todavía no ha desplegado sus alas de derrota.


Feliz Navidad.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Noviembre


"El cheque en blanco", René Magritte


Como todo aquello que de cerca o de lejos
Me roza, me besa, me hiere
 
Luis Cernuda


Mañana se habrá detenido el tiempo y tus manos vagarán por el gris desvaído de los aires bajo una sinfonía de domingo en la que los mundos más lejanos serán las hojas amarillas del fresno que siempre me contempla tras el cristal. Hay una extraña melancolía lírica en el modo que tiene de mirarme o de gritarme su indiferencia muda. Las soledades se agolpan y juegan y levantan las nubes en torbellinos de silencio y te siento tan presente que una sola palabra bastaría para asesinar la realidad, para partir en dos mitades los relojes que dejaron de latir cuando tú los manchaste de luz.

¿A qué extraño universo sin sombra pertenece la soledad? ¿Cuál es el camino que trazan tus labios si no me acarician? Busco las respuestas en el otoño, en los otros noviembres malditos donde enterré todas las historias que habían tardado meses en germinar, en volverse sueños. Los sueños están hechos del mismo material que las soledades. Vienen y vuelven a marcharse y a veces descubres que jamás han existido, que su lugar está con esas preguntas que no tienen respuesta, entre las pecas de una sonrisa o en el cosquilleo nervioso que precede a los besos. No somos sino pájaros que no se terminaron de marchar, exilios imprecisos, escalofríos. En algún momento, una mirada nos recuerda el universo que quisimos abandonar, lejos del miedo, y los años y su nombre adquieren un sentido. Entonces, regresamos. Sin habernos marchado. Pero con los ojos anhelantes de memoria fresca y sangrante, con las manos abiertas y la sonrisa niña. Buscando respuestas y palabras perdidas en el camino que conduce al invierno, en el umbral ingrávido del amor, entre los pétalos de una locura perenne.


Y noviembre se vuelve un poco menos noviembre. 

martes, 18 de noviembre de 2014

Blanco


Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan. 
Federico García Lorca



¿Dónde estaba mi vestido azul? Tenía, en su lugar, un camisón blanco que dejaba en mi piel escalofríos de somnolencia y una bruma suave, enquistada de párpados cerrados. Aun así, cogí aquellos versos y me dispuse a leerlos. Alguien tenía que leerlos. Alguien debía anunciar al mundo su muerte, cegada de años, arrasada por las fauces impiadosas del tiempo y de la enfermedad. Recordaba la dulzura del calendario en aquellos tiempos que entonces se me antojaban como un sueño fácil, quebradizo y transparente. Tan blanco.

Era un cuento sobre geranios, patios soleados y adelfas de flores blancas. Adelfas perezosas, susurrantes y letales, envueltas de una belleza sombría y trágica, de una inocencia imposible que solo mis ojos se negaban a ver. Comencé a leer los versos con la misma vaga inseguridad que siempre me acompaña.

Los hombres de bata blanca me miraban con displicencia y a veces se miraban entre ellos con unos ojos muy graves, en medio de aquella sala tan desolada y de claridad cegadora. Mi voz se quebraba progresivamente, frágil e imprecisa. Acababa de empezar a leer aquella historia cuando uno de los hombres apartó de mí los papeles y me susurró que era demasiado tarde, porque pronto me quedaría dormida.

Fue entonces cuando descubrí que no estaba de pie, sino tumbada boca arriba en una camilla, sintiendo cómo por mi sangre se extendía un líquido frío que poco a poco devoraba mi consciencia. Quise gritar, porque alguien debía terminar de leer aquellos versos incompletos; quise aullar, porque de mi cara blanca crecían geranios que derramaban sobre mi boca hojas muertas, pequeños dibujos en la algarabía de los siglos que parecían acunarme.

Pero la voz ya no salía de mi garganta, y fui terriblemente consciente, antes de cerrar los ojos, de que cuando despertase ya no sería la misma persona, ni el mundo aquel blanco sueño en el que un día naufragué. Porque ahora quedaba a merced de aquellos hombres, de sus batas blancas y de sus frentes incapaces de comprender las quimeras habitantes en unos versos sobre adelfas y vidas arrancadas.


El tiempo se desvanecía…