martes, 10 de junio de 2014
miércoles, 28 de mayo de 2014
viernes, 16 de mayo de 2014
Sueños en la Ciudad sin Nombre
"Girl at Piano", Roy Lichtenstein
Sé que no hay esperanza,
pero te dije:
espera,
con el único fin
de envenenar la vida
con la letal ponzoña de los sueños.
Ángel González
Una niebla extraña rodeaba mis
sentidos y anestesiaba mi capacidad de reflexión cuando pensaba en mi posible
reencuentro con el Trapecista. Su muerte, su posterior resurrección junto a una
guitarra eléctrica, aquel tren en aquella estación de la ciudad sin nombre en
el que nos desvanecíamos…
“Voy a viajar a tu ciudad. Me
gustaría verte”.
Me deleitaba releyendo su
mensaje una y otra vez mientras cerraba los ojos e imaginaba el ámbar dulce de
su mirada, las ondas suaves, como de espuma oscura, de su cabello, aquella voz
melódica y encendida que, cuatro años después de su imposible muerte, continuaba
resonando en mi cabeza igual que el rumor constante de las olas en una playa
abandonada por la civilización. La posibilidad de volver a verlo aparecía
barnizada de irrealidad, a pesar de aquel mensaje evidente, directo, preciso.
Algo incorpóreo me gritaba que, en esta ocasión, nada sería distinto: una
fuerza invisible haría que, en el momento de nuestro reencuentro, él o yo
desapareciéramos de nuevo.
A medida que el día de su
regreso se acercaba –un día sin tiempo, sin nombre, igual que la ciudad-, yo
esperaba con ansiedad creciente un nuevo mensaje del Trapecista en el que
concretara las condiciones de nuestro encuentro. Pero el día transcurrió y
aquel mensaje no se produjo.
Por la noche, la melancolía me
asfixiaba. Si el Trapecista había tardado cuatro años en viajar a mi ciudad,
quién sabe cuánto tiempo tardaría en regresar a ella. Finalmente, a pesar de
aquel mensaje, no había hecho siquiera el intento de verme. La terrible verdad
me retaba a mirarla, desafiante, y, cuando lo hice, leí en su rostro que jamás
volvería a ver al Trapecista, que aquella antigua despedida en Venecia fue, en
efecto, el final de un cuento inconcluso.
Pero entonces, alguien me dio
un paquete que el Trapecista, antes de marcharse de mi país, había dejado para
mí. Mi corazón volvía a palpitar y mis pulmones respiraban, de repente, un aire
nuevo, condimentado de ilusiones. El paquete escondía un álbum, lleno de
fotografías suyas y mías, fotografías que narraban nuestras respectivas
historias. Al final, había una carta escrita de su puño y letra, que leí solo
por encima para poder hacerlo después, con más calma, paladeando cada frase y
cada palabra como bocanadas de oxígeno asaeteado de lunas. Un extracto que
alcancé a leer se me quedó engarzado en el corazón:
“No he podido olvidarte en
estos años. Aunque hoy no nos hayamos visto, quiero que las cosas sean
distintas a partir de ahora. Te escribiré, todos los días, si es necesario;
creo que eres uno de los dos grandes amores de mi vida”.
Parecía imposible que aquel
mensaje perteneciera al Trapecista. La felicidad que súbitamente me embargaba
disfrazaba diminutos gramos de inquietud que, lenta pero efectivamente, fueron
creciendo en mi conciencia. Entonces lo comprendí…
Supe que aquel álbum no era
real. Supe que despertaría sin él, que descubriría que el Trapecista jamás
había intentado ponerse en contacto conmigo. Como si mi pensamiento fuera una
maldición, me bastaron unos segundos para despertarme en la estación de la Ciudad
sin Nombre. A mi alrededor, trenes que no paraban y la ausencia densa, aguda,
del Trapecista. El álbum había desaparecido.
Me senté en el suelo de la
estación, rodeada de nadies. En un cuaderno escapado de ningún sitio, escribí
unas palabras cuyo destinatario nunca leería:
“Tengo que soñar que te sueño
y ni siquiera así consigo volver a mirar tus ojos”.
No me sorprendió que la
estación fuera desvaneciéndose progresivamente. Era irreal, tanto como el
álbum, como mi cuaderno improvisado, como la muerte del Trapecista. Como… ¿yo?
Algo incorpóreo dentro de mí me gritaba que, al cabo de unos segundos, volvería
a despertarme.
miércoles, 30 de abril de 2014
Retornos a la Ciudad sin Nombre
"Evening Train To Hawthorn", Tom Roberts
allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su
cruz de sombras,
los recuerdos me asaltan.
Ángel González
Cuatro años más tarde,
desperté dentro de aquel tren, por lo que deduje que, finalmente, había acabado
subiendo. No recordaba ya al inalcanzable Lorenzo, pero sí a ese espectro de
sueño irreal, perfecto, que había esperado tantas veces en la estación de la Ciudad
sin Nombre. El Trapecista.
La última vez que estuvo
frente a mí, íbamos a subir juntos al tren, pero su figura se desvaneció y yo
terminé despertando. Esperé tantas veces después, en aquella estación. No
recuerdo si él había muerto, pero sí estaba segura de que, en su mundo, yo no
existía. De ahí su perfecta irrealidad, tan exquisita, por otro lado.
Esperé tantas veces en aquella
estación. Cuando la realidad me daba la espalda y necesitaba una historia en la
que descargar el torrente de sentimientos que me atenazaba las entrañas.
Esperé… Algunos días, dormida; otros, escapando de mi despertar. Me atrevía a
soñar con una continuación para aquel final perfecto, redondo, dramático, a la
altura de la despedida de Rick e Ilsa en Casablanca. No he regresado a Venecia
porque no quiero hacerlo sola, porque conservo aquella despedida en la Piazza
San Marco y la esperanza de que la
canción de Aznavour no se cumplirá…
El Trapecista estaba a mi
lado, en aquel vagón, sonriéndome con su mirada dulce y ambarina, cuajada de
picardía infantil, rematada ésta por las cejas finas, expresivas. El cabello,
negro azabache, le había vuelto a crecer y se lo sujetaba tras las orejas.
Algunos mechones rebeldes resbalaban por su rostro como espuma oscura, poniendo
un broche a su espontánea belleza. La misma camiseta que recordaba y la voz
cálida que me llamaba por mi nombre. Una parada y aquel ofrecimiento de pasear
juntos antes de regresar al tren. Su mano en la mía, con tanta naturalidad,
como si fuera lo esperado después de cuatro años. Al fin era real. Apretaba su
mano y no se desvanecía. El paisaje a nuestro alrededor carecía de importancia,
porque caminábamos por un camino, por la hierba, sobre una nube… Qué más da.
Hablábamos. El tema de
conversación importa ahora tan poco como el nombre de la ciudad sin nombre.
Pero él hablaba en mi idioma, por primera vez, y su tacto era suave, y los
destellos irisados de sus pupilas me otorgaban una confianza ciega en el
presente.
-Como no regresemos, se va a
marchar el tren sin nosotros –dije.
-A mí, si me despistas un
poco, no me importa demasiado que se marche…
Dicho esto, me besó. Sus
labios, su aliento, abrazaron mis cinco sentidos como un humo dulce y
anestesiante. Cuando nos separamos y lo miré de nuevo, un escalofrío de
inquietud comenzó a recorrer mi espina dorsal. Aparentemente, todo iba bien,
pero la intuición me gritaba que algo estaba mal allí. Comenzamos a caminar
hacia la estación; él todavía sujetaba mi mano. Sin embargo, ya no sonreía ni
me miraba al hablar; pronunciaba las palabras atropelladamente, acelerado en su
extraño caminar. Su voz también había cambiado: se había vuelto más aguda,
menos melódica…
Entonces, me di cuenta de que
no era ya el Trapecista quien estaba a mi lado, sino aquel amor constante y
desesperanzado que atenazó mi adolescencia: el Campesino. Hace tiempo, me
hubiera hecho muy feliz contemplarlo allí, caminando junto a mí mientras
hablaba de algo irrelevante. Pero en ese momento, todo lo que pude sentir fue
rabia y desesperación por la repentina ausencia de la mirada ambarina del
Trapecista. Cerré los ojos y deseé que, al abrirlos, todo volviera a ser
perfecto.
Pero en la Ciudad sin Nombre,
el tiempo no es más que una palabra hueca.
*Lee la precuela: Trenes en la ciudad sin nombre
sábado, 19 de abril de 2014
El verdadero desenlace
Recuerdo aquella negra noche cuando
dormías.
Tu soledad, un ala rota a fuerza de
costumbre,
una boca sin labios, un cuento sin final.
Dormías.
Soñabas entre violetas marchitas
huyendo hacia una sombra más oscura y
radiante
que tu propia conciencia.
Dormías, soñabas,
pero en lo más profundo de tu nombre
alguien había deshojado tu mirada de muerta
y se alejaba entre dos luces inexistentes,
golpeando sus piernas de madera
contra el gris pavimento
que limitaba los colores de tu iris
hasta fundirlos en un desgarrador
crepúsculo de tangos.
Si hubieras sonreído entonces.
Era de noche.
Una niña sin manos mecía dulcemente el
acordeón
dibujando canciones imposibles.
Tú soñabas despacio, sin tiempo para
sonreír.
(Hasta siempre, hasta siempre. Vayan
pasando.
Hay una muerta que sueña aún,
que no ha tenido tiempo de morirse
ni de estrenar sus alas pasajeras
por el gris de los cielos).
Cada
cielo es de un gris intermitente,
un gris oscuro que se confunde con la
noche,
sudario de la Tierra en el que
descansabas.
A lo lejos se oían, exiliadas de soles,
las monocordes pisadas de madera,
tan lejos ya que se encontraban a tu lado.
Y a veces simulabas respirar muy dentro de
tu sueño,
igual que si tus labios conservaran aún
la huella de un amor que se borraba
–también a fuerza de costumbre.
Igual que si esperaras todavía algo que
nunca sucedió.
Fuera del mundo solo aguarda una niña sin
manos,
hundida por el peso hueco
de todas las estrellas del firmamento.
Si hubieras sonreído entonces.
Todos los cielos son oscuros, perfumados de
grises.
No queda nada del azul con el que tú
soñabas,
salvo un acordeón marchito y unos pocos
recuerdos
que nunca sucedieron.
Así se abrió la noche. Y despertaste
muerta.
Marina Casado, Soledades de la Bella Durmiente
*Todo vuelve a tener vigencia en algún momento.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Amaneceres ajenos
Todo era gris y estaba fatigado,
igual que el iris de una perla enferma.
Luis Cernuda
Sólo quien vio alguna vez amanecer sabrá de qué le hablo: la sangre
gris, viscosa, de los cielos, el aura indefinida de lejanía cierta, el precoz
canto de los pájaros que despiertan náuseas inexplicables en el alma.
Yo estaba
allí, en aquella mañana, en aquel tiempo que no me pertenecía. Volvía a casa y
recordaba que, una vez, alguien me dijo que el canto de los pájaros puede llegar
a ser un elemento desaforadamente inútil, extranjero, algo así como una
circunstancia ajena a ti que te recuerda las razones por las que no deberías
escapar, o quedarte en el mundo. O quizá solo en esa mañana concreta, en ese
gris aciago, en ese amanecer que te contempla con ojos acerados, que sangra
viento y noches de papel, mecidas por ilusiones huecas, acuosas, como el mar de
mis labios que se desintegraba por la ausencia de besos homicidas.
Yo estaba
allí pero a la vez no estaba. Estábamos allí todos nosotros, nadando por los
ojos de los océanos del aire. No había nadie, en aquella mañana. Yo misma era
una circunstancia ajena que me recordaba -inútilmente- las razones por las que
debería escapar para siempre. (Para siempre, siempre hacia la noche, la noche
familiar de oscuridad arrulladora, arrulladora de sueños y labios y besos y
sombra.)
viernes, 14 de marzo de 2014
Nostalgia y leña
Liérganes, Cantabria. Estatua del Hombre-pez.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Pablo Neruda
-Ahí, ¡esa era!- Isabel señala
la casita de la esquina.
-Yo creo que era más arriba…
-Que no, Ángel; te digo que
era ahí… Me acuerdo de cuando bajábamos a coger el autobús: se cogía en esa
plaza, ¿ves?
Aurora los contempla mientras
tiene la sensación de ser la intrusa en una vieja película española. Una brisa
suave, mensajera del frío, despeina su flequillo y juega a agitar las copas de
los árboles. La joven deshace el nudo que ataba la chaqueta a su cintura y se
la echa sobre los hombros. A su lado, Paula permanece absorta frente a la
pantalla del teléfono móvil, pendiente de alguna conversación de chat. Sus expresivas
cejas negras, en tensión, le dibujan una graciosa arruguita sobre el entrecejo.
Hay lugares que huelen a
nostalgia, y Liérganes es uno de ellos: huele a nostalgia y a leña, una mezcla
característica de los pueblos cántabros. Aurora adora el olor a leña porque le
hace sentirse cómoda y confiada, como si el mundo todavía terminara en la bata
azul de su abuela. Por alguna razón extraña, el frío aderezado por el olor a leña
le trae el recuerdo de voces
familiares y de tardes junto al brasero. De abrazos. De jerseys de lana y de
manzanilla y menta-poleo…
Pasean por callejuelas de
piedra; Ángel e Isabel sorprendiéndose, en cada esquina, de cómo ha cambiado el
pueblo desde su última visita. De fondo, el ladrido distante de algún perro. Llegan
de pronto a una plazuela iluminada por el sol, totalmente desierta. Se detienen
unos instantes, paladeando el inusitado silencio. Desandan luego sus pasos para
volver junto a la ría, la ancha y luminosa ría, donde comen unos bocatas que
Ángel saca de la mochila. Desde el banco de al lado, un abuelillo los contempla
con curiosidad. Isabel señala el restaurante de la esquina y comenta que parece
cerrado y que nunca se caracterizó por su higiene, precisamente. Aurora
contempla a Ángel, que es preso de una contagiosa euforia: su mirada echa a
volar sobre las aguas de la ría y cualquiera diría que desea alcanzar el mar.
-Aurora, Paula, ¿os conocéis
la leyenda del Hombre-pez de Liérganes?
Paula no levanta la mirada del
móvil. Aurora se limita a negar con la cabeza, porque sabe que su padre es
consciente de que no han oído hablar de aquella historia y de que les pregunta únicamente
para crear expectación. A Ángel nunca le ha abandonado del todo su vena
teatral.
-Hace muchos años, un paisano
del pueblo se fue a bañar a la ría y desapareció. Todos sus conocidos le dieron
por muerto. Sin embargo, cuenta la leyenda que, años más tarde, unos pescadores
lo encontraron vivo en el puerto de Cádiz. Le habían salido escamas por todo el
cuerpo...
A medida que la tarde avanza,
el frío se extiende como un manto evanescente sobre las casitas de piedra, y
Aurora siente que su chaqueta ya no es suficiente. Qué extraños son los veranos
por el norte de España… A Isabel le hace ilusión regresar al bar de Darío,
aunque lo más seguro es que, después de todo ese tiempo, haya cambiado de dueño…
Pero Darío sigue allí, con unas
cuantas arrugas más y la nieve que la edad abandona sobre el cabello. El bar es
un lugar acogedor, de paredes y mesas de sólida madera: madera de pueblo, con
olor a leña –y también a nostalgia-. Sobre la barra, hay desplegada una variada
colección de tapas que despiertan el apetito de Paula, quien, por primera vez
en horas, aparta la mirada de la pantalla del móvil.
-¡Buenas, familia! Qué les
pongo.
Isabel no puede ocultar su
emoción y, fiel a su carácter impulsivo, tiene que presentarse ante Darío:
-No está usted tan distinto a hace treinta años… Es que mi marido y yo estuvimos aquí de vacaciones antes de
casarnos, ¿sabe? No se imagina usted, la ilusión que nos ha hecho entrar y
verle… Qué bonito ha dejado el bar, ¿no? Veo que ahora ya no es hostal…
Darío sonríe tímidamente,
abochornado por el repentino torrente de información.
-Y estas son las niñas… Aurora
y Paula.
Cuando su madre las presenta,
Aurora vuelve a tener la sensación de haberse colado en una historia que no le
pertenece.
A Darío, treinta años le
parecen muchos. Rápidamente, les ofrece unas croquetas caseras que acaban de
salir de la cocina. Las cosas han cambiado demasiado, les explica: él se
divorció de su mujer y sobrevivió a un infarto… Después, reformó el bar. Ahora,
incluso se anuncia en Internet. El restaurante que hay junto a la ría rara vez
tiene clientes, les dice: el dueño es ya un anciano y además está peleado con
todos sus hijos. La casa de la señora Rosa, por supuesto que la recuerda, pero
no es la de la esquina, como creía Isabel, sino la que está un poco más arriba.
-Cuando nos alojamos allí, no
nos dejaba volver más tarde de las once de la noche –cuenta Ángel-. ¡Qué bronca
nos cayó el primer día, que no lo sabíamos!
-Ah, ¡pues menuda era la Rosa!
–exclama Darío- Casera como ella no la he visto nunca. Se murió hace unos
meses, la pobre.
Aurora los escucha extasiada
mientras remueve distraídamente con la cuchara su tazón de Cola-Cao. Le gustaría haber conocido en primera persona ese pasado.
Un temor, hasta entonces desconocido, invade sus entrañas: el terrible
presentimiento de que existen historias, sensaciones tan sencillas como maravillosas a
las que ella no puede, no podrá acceder. Ahora, el olor a nostalgia y a leña se
mezcla con el de café recién hecho. Entonces, le asalta la acuciante necesidad
de escribir. Escribir para poder vivir aquello que de otra manera le
permanecería vedado…
Al despedirse, Ángel e Isabel
manifiestan su intención de comprar una botella grande de agua para el viaje de
regreso. Darío les da una, sonriendo con humildad y algo de emoción en sus ojos
cansados. Es gratis para ellos, les dice. A Aurora, ese sencillo gesto le
remueve las entrañas, aunque, como siempre, se guarda las emociones para sí misma.
Hasta ese momento, no comprende que ya forma parte también de aquella película
antigua. Que, si regresara al cabo de treinta años, también tendría una
historia que contar.
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